John Adams

Autor: David McCullough
La única máxima de un gobierno libre debería ser la de no encargarle a ningún hombre vivo el poder de poner en peligro la libertad pública.
El gran historiador americano David McCullough recibió en 2001, el premio Pulitzer por su biografía sobre John Adams, el segundo presidente americano.  El trabajo es simplemente ejemplar y su lectura apasiona, inspira y hace reflexionar.
Quien escribe estas reseñas leyó la obra a lo largo de tres meses, sufriendo mientras la leía la agobiante campaña -y después terrible victoria- de Donald Trump.  Tanto los contrastes como las similitudes de eventos con casi doscientos años de diferencia son aterradores.  Quienes piensan que las elecciones eran más limpias en aquellos tiempos, pecan de inocentes: las puñaladas traperas eran aun peores pues eran sociedades más pequeñas y los políticos se sostenían con sus propios medios y no con los del Estado (a duras penas había uno).  Las traiciones entonces no tenían únicamente un impacto político y social, sino también económico.
McCullough nos muestra a un John Adams un poco olvidado por la historia.  Nos lo muestra recto y honesto cómo era, amante de la ley, y patriota.  Casi un underdog, Adams presentaba un triste contraste con su predecesor George Washington, tipo alto, fuerte, y rico (Adams era más bien bajo, regordete y aunque no estaba mal económicamente, no tenía los mismo recursos que el primer presidente).  Pero fuera de tener una terquedad de mula y un hambre enorme por el conocimiento, Adams, tenía un amor enorme por aquél país entonces en pañales.  Sus reflexiones eran impresionantes y sus disertaciones sobre el gobierno construyeron los pilares en los que hoy se mantiene el equilibrio entre los poderes ejecutivos y legislativos en Estados Unidos.  
Adams era un tipo con dos amores: su patria y sus seres queridos.  Su vida es, para quien escribe estas lineas, uno de los testimonios más fuertes que sostienen que un hombre no tiene más que su familia.  Fue su esposa Abigail, quien pese a momentos distanciados y revoltosos, le sirvió de mástil y norte.  Ambas, soledad y traición, la primera por envidia y la segunda por parte de sus compañías políticas, fueron siempre frecuentes compañeras.  Su familia siempre estuvo ahí para defenderlo.
Adams ayudó a fundar el ejercito (el army y el navy) pese a ser un pacifista.  Cuando lo más popular era la guerra, evitó una con Francia que pudo haber cambiado para siempre el rumbo de la historia.  Sobre la educación pública dijo:
El pueblo debe tomar la responsabilidad de educar al pueblo y de cargar con los costos de este esfuerzo.  No debería haber una milla cuadrada sin una escuela, no dada por un alma caritativa, sino mantenida por los impuestos de la gente.
La biografía invita a la reflexión.  Hace que nos preguntemos -los latinoamericanos- que sería de nosotros si hubiéramos tenido entre nuestros líderes, uno cómo él.  Imposible no pensar en la gran diferencia entre una persona tan bien preparada y de tanta calidad humana, comparada con el farsante que va a liderar a los Estados Unidos por los próximos cuatro años (no habría por que sorprenderse si fueran ocho).  Desde sus escritos que hoy se guardan en la librería del congreso y en los archivos nacionales, Adams inspira también hacia la coherencia: a los latinoamericanos podría decirnos que no podemos burlarnos ni denigrar a Trump cuando en nuestra cultura vibra tan fuerte la homofobia, el racismo, y el pensamiento facilista de aquellos que promueven que un país lo construye una sola persona y no el trabajo de todos.  Ojalá esta obra estuviese traducida en todas las lenguas.  Los hombres como Adams terminan siendo ejemplos internacionales.
New York, Noviembre 2016

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