Mapa dibujado por un espía

Autor: Guillermo Cabrera Infante
Él se retiró hasta la sala, pero se quedó sentado en el sillón de la terraza: quería ver llover, uno de los grandes espectáculos en Cuba que no había visto desde hacía tres años.
Dice la versión que tengo de este magnífico relato, que Guillermo Cabrera Infante lo escribió y lo metió en un sobre que solo fue abierto muchos años después de su muerte en el 2005.  Es el primer libro de Cabrera Infante que lee quien escribe estas reseñas, y es, al mismo tiempo, maravilloso y desesperado.  Un libro que todo latinoamericano debería leer.
Comencemos por explicar que Guillermo Cabrera Infante fue inicialmente parte del régimen Castrista.  De hecho el relato -¿podría llamarse novela?- cuenta una inesperada visita del autor a Cuba, atendiendo al funeral de su madre que muere "de un dolor de oído" mientras él se desempeñaba cómo diplomático en Bélgica.  Listo para volver a Europa, con sus hijas en mano y ya en el aeropuerto, Cabrera Infante recibe una llamada del gobierno que le dice que no se vaya.  La razón es ignota, y la vida comienza, desesperadamente, a parecerse a una historia de Kafka.
Cabrera Infante narra el libro refiriéndose a él mismo en tercera persona.  Uno ve en sus renglones su esfuerzo por ser imparcial, por querer darle a la revolución un poco de dignidad, pero la realidad lo derrota.  Finalmente dice:

Al mismo tiempo sintió pena por la gente que se veía obligada a sembrar plátanos en sus jardines, esperanzados de comer un poco más de lo que la pobreza del racionamiento permitía.  Pensó en el racionamiento que ninguna excusa política podía explicar, ya que no era el bloqueo el que producía la escasez de viandas, que se cultivaban en el país, sino la burocratización total del país que  convertía a los plantadores en empleados del estado y hacía que estos se despreocuparan por completo de las cosechas o, si se preocupaban por las cosechas, como alguna cooperativa que funcionaba bien, el producto de su trabajo era desperdiciado en la pobre recogida de las cosechas o en la escasez de medios de traslación de los frutos cosechados, que hacía que se perdieran hasta cosechas completas en almacenes en el campo o en centros de acopio que jamás llegaban al pueblo.  Esta escasez patente se explicaba por el Gobierno como producida por el bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba, pero era evidente que si la excusa del bloqueo explicaba la ausencia de automóviles o de aparatos de radio, no podía explicar la escasez general de alimentos que antes el país no sólo producía lo suficiente sino que llegaba a exportarlos.  Se dio cuenta de que este pensamiento, de ser expresado de viva voz, sería tildado enseguida de contrarrevolucionario en cualquier centro oficial -como el ministerio de Relaciones Exteriores-, aunque era una opinión vox pópuli, y se sintió molesto.

Cabrera Infante sale finalmente de Cuba, lo hace quizás sabiendo que nunca volvería a hacer parte del gobierno -o queriendo serlo-.  Los contrastes hechos por el escritor entre la Cuba de su viaje y la de antes de partir a Bélgica harán reflexionar al lector sobre el romanticismo de la revolución cubana.  Quizás lo imperdonable de Fidel es que Cuba, orgullosa de su revolución, le entregó un sueño rico y pletórico de esperanza, para que él lo convirtiera en una pesadilla de pobreza y desesperación.
Florencia, Noviembre 4, 2015

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