Sin Remedio

Autor: Antonio Caballero
A los treinta y un años Rimbaud no sólo estaba muerto, sino que había renunciado por completo a la literatura, esa falacia: crema afín a la piel.
Difícil ser colombiano y no saber quién es Antonio Caballero.  Uno lo lee sin falta en la revista Semana desde donde despotrica con mucha elegancia y mucha decencia de casi todos los políticos corruptos o brutos (valga la redundancia) de nuestro país.  El tipo se mete con senadores, congresistas y presidentes sin que estos hagan reproche alguno; los que lo han hecho tratando de "salvar el honor" se han arrepentido: personas con más cultura que Caballero en Colombia son contadas con los dedos y sus respuestas a los reclamos, siempre terminan crucificando más al ofendido.  A los colombianos que crecimos en los 80's y 90's siempre nos pareció un milagro que no lo hubieran asesinado.

Uno escuchaba por ahí que sí, que Caballero también había escrito un libro.  Uno solo.  Y uno también sabe que el libro tiene que estar bien escrito, pues lo que hace que uno no se pierda sus columnas no es solamente el contenido sino su estilo.  Lo que uno no se imagina es que sea tan bueno, que haya sido escogido como uno de los mejores libros escritos en nuestra lengua el siglo pasado.  Y lo es.
Sin remedio cuenta la historia de Ignacio Escobar, un hombre en la mitad que comienza sus treinta desilusionado por la vida y quizás por él mismo.  El tipo es poeta (porque sólo basta hacer poemas para ser poeta - hay poetas malos valga la aclaración) y fuera de esos intentos no hace nada más.  El personaje de Caballero es un anti-héroe: el tipo es egoísta, perezoso, inteligente, y viniendo de pudiente familia, desperdicia las oportunidades que la vida le da (oportunidades que él no quiere, comenzando por ahí).  Pero aunque el bohemio es encantador desde cierto punto de vista, es quizás Bogotá la que hace que la novela sea impresionante.  Caballero logra la meta de su personaje: escribir una epopeya bogotanaEs la ciudad la otra protagonista.  Ella se muestra oscura, con sus bares de mala muerte, sus divisiones, sus platos culinarios, sus personajes tan latinos y tan raros que si no es porque uno los conoce, duraría seriamente de su existencia.  Escobar, por su parte,  encarna los impulsos que nos tiran hacia abajo, y que lo hacen porque simplemente, al final, cabe la duda si hay una gran diferencia moral entre ir hacia arriba.
Pocas veces tiene uno el gusto de meterse en una novela como esta, que no tiene nada que envidiarle a inmensas novelas como La ciudad y los perros de Vargas Llosa.  Si el Nobel lo dieran por un sólo libro, con seguridad Cabellero se lo hubiera ganado.
Paris, Octubre 31, 2014

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