Cyrano de Bergerac

Autor: Edmond Rostand

LIGNIÈRE: ¡Y qué aspecto heteróclito el suyo!
RAGUENEAU: Cierto, no creo que jamás pudo haberlo pintado el solemne señor Philippe de Campaigne; pero raro, excesivo, extravagante.  Es el más loco espadachín entre el batallón.  Con un sombrero a plumas y capa camina como un gallo insolente, más orgulloso que todos los Artaban de la Gascuña.  Y él se pasea con una nariz... ah, señores, ¡que nariz es esa nariz!   Uno no cree jamás haber visto pasearse ñatas semejantes sin decirse "ah, no, ¡verdaderamente usted exagera con esa nariz!"  Después sonriendo, uno se dice: "se la va a quitar", pero el señor de Bergerac, no se la quita nunca.

Días antes del estreno de la obra, el 28 de diciembre de 1897, el actor Coquelin incitaba a Rostand a continuar con un proyecto que pintaba mal.  Rostand, que adoraba al actor (y que de hecho le dedicó la obra), pálido y en lágrimas se le echó a sus brazos diciéndole: "perdóname, amigo, perdóname por haberte arrastrado a esta desastrosa aventura".  La aprensión de Rostand no era infundada: la obra es larga, con muchos personajes y presentada bajo muchos ambientes, lo cual dificulta su ejecución.  Rostand no imaginó ni en sus sueños más extravagantes, que crearía uno de los underdogs más recordados en la historia.
¡Y qué personaje!  Porque Cyrano es inmenso tanto en cuerpo como en alma.  Es un guerrero como ninguno, con un alma de poeta bastante improbable, pero que es el pacto que uno hace con Rostand cuando entra en la obra.  Y feo, feo como nadie, pero con una capacidad de burlarse de sí mismo que queda pasmada en la obra en casi tres páginas.  Eso por no hablar de Roxana, (¡oh, Roxana!) que es la mujer que todos hemos querido y que siempre nos ha eludido; es la persona que en nuestra adolescencia (¿sólo en nuestra adolescencia?) nos puso a todos la inmensa nariz de Bergerac y nos dijo: estoy enamorada, pero no de ti; a ti te quiero como a un amigo (como a un primo en el caso del espadachín).  Entonces Rostand es un genio porque recrea en las tablas una realidad común, porque no hay persona en este mundo que no haya sido Cyrano por lo menos por un minuto y haya ido a casa después de la noticia, verse en el espejo y mirar en el reflejo esa enorme nariz.
La obra está lejos de ser perfecta, pero para qué sirve la literatura sino para ver encarnada en ella nuestros más básicos y añorados dramas.
Paris, Agosto 2, 2014

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