El gran puente

Autor: David McCullough
Es entonces un hecho que la obra que será probablemente nuestro monumento más durable y que transmitirá algún conocimiento nuestro a la más remota posteridad, será una obra de gran utilidad; no un resguardo, no una fortaleza o un palacio, será un puente.
No todo el mundo tiene la oportunidad de ir a New York y pasear por el punte de Brooklyn.  Muchos de los que van a la gran ciudad, irán quizás a Time Square, al Empire State o a Central Park (no fueron pocos los que me encontraba en el metro que querían visitar el antes abierto hueco del World Trade Center).  El puente de Brooklyn queda casi siempre dentro de los planes opcionales.  Y sin embargo aquel plan que no tienta mucho a los turistas es uno de los planes principales de los locales.  Es delicioso hacer la travesía en primavera o en otoño, cuando la brisa refresca el paseo de madera en el cual se puede caminar, correr o montar en bicicleta, para llegar finalmente a lo que hoy es el Brooklyn Bridge Park.
The Great Bridge, fue escrito por el ganador del premio Pullitzer David McCullough (lo ganó por la biografía de John Adams) y publicado en 1972.  La narración es tan impresionante como la historia que cuenta.  Con el libro viajamos a la segunda parte de 1800 para conocer a John A Roebling y su hijo Washington Roebling, dos hombres que parecen haber salido de una novela de Ayn Rand (es decir, dotados de una inteligencia casi genial, solamente superada por su voluntad de hierro). 

Nacimos para trabajar y estudiar.  La verdadera vida no es únicamente activa, sino también creativa.
John A Roebling

Ningún hombre grande, lo ha sido imitando a otro.
John A Roebling

McCullough hace un trabajo exhaustivo mostrándonos la situación económica y social de la época, sus detalles políticos y abriéndonos una ventana a la vida personal de quienes la conformaban (esto es posible ya que toda comunicación se documentaba en cartas).  Manejando un perfecto equilibrio entre la historia y la manera de contarla, el ganador del premio Pullitzer nos deja entrar también en algunos detalles técnicos que muestran hasta qué punto llegaba la complejidad de la obra.  La construcción y los trabajos dentro de los caissons (cajas de proporciones enormes —casi cuadras enteras—, eran construidas para que los obreros pudiesen laborar dentro de ellas sacando la basura, la tierra y las piedras para llegar al subsuelo donde se erigirían las grandes torres que hoy soportan el puente), las enfermedades por las diferencias de presión, la construcción de los cables, etc. 
Como ya se dijo, tampoco se escatiman detalles sobre las vidas personales de aquellos que lo construyeron.  Washington Roebling, un ingeniero como pocos, hizo el puente guiado bajo los planos dejados por su padre, y luego, cuando no pudo construirlo físicamente, lo construyó en su mente piedra por piedra, dando instrucciones tan específicas que serían difíciles de creerlas si McCullough no hubiera mostrado los ejemplos textuales en el libro (después de los trabajos en los Caissons, la salud de Roebling se deterioró tanto que no pudo poner pie en el puente en 10 años hasta que éste estuvo terminado).  
Puesto que la ficción pocas veces supera la realidad, también vemos la bajeza de la prensa y la política; un ejemplo fue el alcalde de Brooklyn en ésa época que preocupado por unos mínimos retrasos cuando el puente estaba casi terminado, quería quitarle a Roebling el puente que le había costado la vida de su padre y su propia salud.
Si usted, querido lector, ama los libros de historia, El gran puente es uno que no puede perderse.  Es de esos textos que, mostrando lo que hombres hicieron en el pasado, nos transforma y nos da un ejemplo de lo que podemos hacer en el presente y en el futuro.  Al cerrar sus páginas nos damos cuenta que no somos los mismos que éramos cuando empezamos a leerlo.
Paris, Enero 31, 2014

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