Moby Dick

Autor: Herman Melville 
Llámeme Ismael...
Herman Melville escribió Moby Dick en 1851 dejándole a la literatura una de sus más importantes joyas.  Son legiones los literatos que miden el libro contra Huckleberry Finn y la declaran como la más importante novela americana.  El vernáculo de New York, inspirado en el naufragio de un barco ballenero y en el evento de una ballena cazada con la espalda erizada de viejos arpones, se sentó a escribir la batalla entre un marino y una bestia similar logrando uno de los mejores comienzos en la literatura mundial y creando personajes que el lector hubiese querido conocer.

Moby Dick es todo un ejercicio literario.  Melville comienza su historia con fuerza introduciéndonos al entrañable Ismael, hombre prudente, joven de ignota edad, increíble narrador que comparte su pasado, sus pensamientos y sus temores.  El tipo erra por los muelles –como quizás erraba Melville por sus páginas–, pasa por un hotel que se llama “La Trampa” y conoce a un indio enorme, calvo, lleno de tatuajes, que duerme con un hacha al lado –la primera noche con el tipo es quizás uno de los capítulos más entrañables que quien escribe ha leído: después de un susto de muerte, Ismael termina durmiendo contra el salvaje, entrepiernado como si fueran marido y mujer–.  Las primeras páginas pasan rápidas y divertidas, pero luego Melville se detiene.  Quizás piensa que no está transmitiendo todo a su lector.  Entonces el americano comienza a dar clases de ballenas, de cacería de ballenas, de navegación, de tratamientos náuticos, etc., que de no ser por el contexto poco tendrían que ver con la historia.  Estas son las partes que pueden parecer aburridoras (dependiendo del lector), pero que cualquier literato se escandalizará con una versión reducida: son esos capítulos los que transportan a la época y al lugar.  Luego vienen los diálogos, conversaciones escritas en inglés antiguo y delicioso lleno de expresiones irlandesas, y los “aye” de los marinos.  
Pero hay libros que envejecen, y quizás éste es uno de ellos.  Nada en el Quijote nos escandaliza, nada vemos en Los novios de Manzoni que no veamos hoy.  Sin embargo ya la cacería de ballenas es actividad de otra época: no necesitamos su aceite para iluminar nuestros salones.  Entonces episodios como el de cercar varias ballenas para sacrificarlas a cuchilladas nos parece barbarie, actividades incomprensibles, pero que eran entonces tan normal como es ahora el matar de las vacas que nos comemos.  Igual el libro es una joya.  Si el lector tiene poca paciencia para la educación ballenera, sáltese los capítulos: igual la guerra del capital Ahab contra el blanco mamífero, y la historia de la apuesta perdida de la venganza es una gran historia.
Roma, Abril 8, 2013

José Antonio Velasco

2 comentarios:

Oz dijo...

Excelente post amigo, muchas gracias por compartirlo, da gusto visitar este espacio. Te invito a visitarme en:
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Un gran saludo, Oz.

nicolas161 dijo...

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