Seis personajes en busca de un autor

Autor: Luigi Pirandello
Sí señor, póngase el gorro de cocinero y comience a batir huevos.  ¿Supone usted que con todo ese batir de huevos está actuando en una escenario ordinario?  Sáquese eso de la cabeza.  ¡Usted representa la cascara de los huevos que está batiendo!
La leída de esta obra comenzó así: quien escribe estas líneas buscó en Amazon la lista de las mejores obras de teatro y encontró –después de Shakespeare, claro– el nombre, para él desconocido, de Luigi Pirandello.  El libro se compró por un precio irrisorio, y la obra  comenzó, con cada línea, a demostrar el porqué de la posición en el listado.
Jamás hubo un caso mejor argumentado para demostrar la relación entre la literatura, el teatro, y la siempre escapable realidad.  La trama de la obra es redonda y perfecta: empieza con un director y un grupo de actores ensayando una obra que les disgusta –otra obra de Pirandello, por cierto–.  De repente una familia aparece interrumpiendo el ensayo y argumentando que les gustaría representar el drama que están viviendo.  Los personajes son el padre, la madre, la hija adolescente, el hijo casi adulto y dos infantes.  Hay un séptimo personaje que es una mujer dueña de un establecimiento donde se venden ropas y servicios sexuales. 
Evitaremos contar el drama en esta reseña, para concentrarnos en lo que hace de esta obra, una sobreviviente del implacable tiempo.  Primera mentira: estamos en el teatro.  Segunda mentira: los actores del teatro, están actuando otra mentira y actúan que actúan.  Tercera mentira: llegan los seis personajes a interrumpir su mentira y exigir que les dejen interpretar su vida –una mentira eterna y desesperada, según ellos–.  ¿Y el lector?  Pues el lector al parecer es la cuarta: él está ahí, preguntándose cual es la verdad mientras lee semejante obra.
EL DIRECTOR: ¿Son entonces ustedes actores principiantes? EL PADRE: No. Yo diría que hemos nacido para el escenario, porque… EL DIRECTOR: ah, no le creo.  Se le nota la experiencia, sabe. EL PADRE: No señor, no.  Actuamos el rol para el que hemos sido seleccionados, ese papel que nos ha dado la vida.  En mi propio caso, la misma pasión, como suele pasar, se convierte en un patético teatro cuando es exaltada.
...
EL DIRECTOR [aterrado e irritado, tornándose hacia sus ACTORES]: ¡Que descaro el de este tipo!  ¡Un hombre que se llama a sí mismo un personaje viene a preguntarme quien soy!  EL PADRE [con dignidad pero no ofendido]: Un personaje, señor, puede siempre preguntar a un hombre quién es.  Porque un personaje tiene realmente una vida propia, marcada con su característica especial; por esta razón él es siempre “alguien”.  Pero un hombre –no estoy hablando de usted, en este momento– puede bien ser “nadie”.

Aterrado mientras leía la obra, quien escribe esta reseña comenzó a preguntar, a indagar por qué nunca había escuchado de Pirandello.  Y se dio cuenta, con vergüenza, que era su generación la que ignoraba aquél autor de principio de siglo.  Todas las personas con más de cincuenta años fuesen americanas o francesas respondieron con rapidez: ¡Claro que hemos leído a Pirandello!  Si algún latino lo conoce o lo ha leído, por favor que me desmienta.  Bastante grato sería saber que fue únicamente a quien escribe a quien no le llegó tanta grandeza.
Barcelona, Febrero 28 2012

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