The Big Short



Autor: Michael Lewis
El mercado pudo haber aprendido una simple lección la de no hacer prestamos a gente que no los pueda pagar—, desafortunadamente aprendió otra más complicada: se puede seguir haciendo esta clase de prestamos, sólo que no se pueden conservar en los libros.  Hay que hacer los préstamos y luego venderlos a Wall Street para que ellos los conviertan en bonos y los vendan a inversionistas.
Lo mínimo que puede decirse de The big short, es que es un excelente libro.  El texto está impecablemente narrado, escrito con una claridad y profundidad que hace comprensible, el sistema financiero y la crisis que el mundo acaba de sufrir.  Su autor es un desilusionado del sistema capitalista y bancario americano, una persona que conoce el mecanismo desde adentro pues trabajó en él durante años.  Lewis nos cuenta la historia —nuestra historia— caminando por las vidas y los perfiles de quienes la vivieron de cerca. 
Quien escribe esta reseña no aspira a descifrar la maraña construida a través de tanto tiempo por seres de ambas alta inteligencia y ambición.  Tampoco intentará copiar o resumir lo que Lewis maestralmente narró.  Simplemente intentará trascribir lo que entendió, enumerar ciertos hechos que talvez inciten al lector a comprar la obra y ayuden a aquellos que no, a darse una idea:
Todo comienza con una transacción normal y conocida para todo el mundo: la compra de una casa. 
1.      Una persona va a un banco, solicita un préstamo, y el banco analiza la capacidad de esta cliente para repagar la deuda.  Hasta aquí todo es normal y sigue el patrón de comportamiento de cualquier préstamo desde los años de Matusalén. 
2.      Contexto americano: en Estados Unidos pasaron dos cosas diferentes que ayudaron a cambiar el curso inicial del ya concebido proceso: uno, un bajón en las tasas de interés que bajó el costo de los prestamos para las personas normales; dos, la venta de los prestamos por parte de los bancos a entidades gubernamentales (esto venía pasando ya desde mucho tiempo atrás en los Estados Unidos).  La primera condición trajo una fuerte demanda, y la segunda, un bajo riesgo para los bancos. 
3.      ¿Cómo vendían los bancos estos prestamos?  Estos eran puestos en paquetes los cuales eran vendidos como bonos pues de cierta manera estaban respaldados por el estado.  Usualmente el riesgo era bajo pues el hecho de que uno fallase no deterioraba la calidad del bono —muchos otros tenían un comportamiento normal—.  La venta de estos bonos, que inversionistas compraban como pan caliente, traía entonces grandes ganancias a los bancos, retornos decentes a los inversionistas, y liquidez para seguir prestando. 
4.      Pero, ¿qué pasa cuando la cantidad de personas con buena capacidad de pago se acaba pues todos han ya comprado o refinanciado su casa?  La cantidad de dinero que estaban haciendo los bancos era tal, que sus acciones, de la mano de sus ganancias se habían disparado.  Si ellos dejaban de hacer prestamos, sus ingresos disminuirían y con ellos sus acciones, lujo que Wall Street no condona.  ¿Por qué no, entonces, comenzar a dar prestamos a aquellos que no pueden pagar? 
5.      Ahí fue cuando los bancos empezaron a hacerse los de la vista gorda con clientes que no podían pagar, crearon productos que les permitiera acceder a la casa que habían soñado todas sus vidas, y los aconsejaron diciendo qué poner en los formularios.  El libro cita el ejemplo de una niñera que era propietaria de varios apartamentos en Manhattan. 
6.      Como parte de las diligencias y para curarse en salud, el sistema obligaba cada bono a tener un seguro.  En caso de que el bono fallase, el seguro salvaría la inversión.  Pero alguien tenía que pagar el seguro, y los bancos lo pagaron hasta que alguien les ofreció no hacerlo. 
7.      Aquellos que sabían que la cosa acabaría mal se ofrecieron a pagar los seguros; después de todo, si el bono fallaba, ellos se llevarían la indemnización.  Estas personas, prácticamente apostaban a que el sistema fallase.  Ellos, después de mucho análisis e investigación, se dieron cuenta del fraude cometido por el sistema bancario.  Su apuesta pagó y estos se hicieron ricos. 
8.      ¿Esto quiere decir que entonces los bancos perdieron?  No necesariamente.  Como los bonos ya habían sido vendidos a inversionistas, eran estos quienes habrían de llevar la gran perdida.
9.      Uno pensaría que esto hubiera sido suficiente para que los bancos parasen , pero la producción de bonos continuó por mucho tiempo aun bajo la mirada aterrada de quienes compraban los seguros.  Hasta que todo se vino abajo.  Las personas que compraron los seguros lo hicieron casi durante dos años, esperando con paciencia a que los bancos colapsaran bajo su propio fraude.

En la jerga de las acciones to short  la acción de una empresa significa apostar a que el precio de esta va a bajar.  De ahí el nombre de este magnífico libro.  El texto es, después de lo sucedido, una gran guía periodística para comprender la crisis y para, de mejor manera, reconocer los síntomas de una historia que al parecer aun no se aburre de repetirse.
Barcelona,  abril  23, 2011

El olvido que seremos

Autor: Héctor Abad Faciolince
Yo recordaba que muchas veces mi papá me había dicho que todo ser humano, la personalidad de cada uno, es como un cubo puesto sobre una mesa.  Hay una cara que podemos ver todos (la de encima); caras que pueden ver algunos y otros no, y si nos esforzamos podemos verlas también nosotros mismos (las de los lados); una cara que sólo vemos nosotros (la que está al frente de nuestros ojos); y una cara oculta a todo el mundo, a los demás y a nosotros mismos (la cara en la que el cubo está apoyado).   Abrir el cajón de un muerto es como hundirnos en esa cara que sólo era visible para él y que solo él quería ver, la cara que protegía de los otros: la de su intimidad.
En Colombia y en general en Latino-américa, pululan con frecuencia y en los periódicos, voces insensatas que defienden ideologías, sustentan agendas de gobierno, y proclaman necedades.  Héctor Abad, leído columnista, periodista, y escritor colombiano, ha sabido diferenciarse de esa bulla algunas veces por la humildad con la que proclama sus ideas, otras veces por su vocación para culturizar, y en ocasiones por denuncias que avergüenzan tanto a quien las escribe como a quien las lee.  Antes publicaba sus columnas a través de la revista Semana ―la revista más importante de su país―, ahora lo hace desde un periódico que podría ser mucho mejor.
El escritor colombiano publicó El olvido que seremos hace un año o dos, ocasionando uno de esos raros y modestos éxitos editoriales en nuestras tierras.  Podría decirse que se trata de un relato autobiográfico, pero la verdad es que es más un exorcismo.  El libro narra la relación con su padre ―médico y defensor social asesinado por ideas dizque comunistas― y varias anécdotas de su vida unas trágicas y otras nostálgicas.
El libro es muy bueno.  Quien escribe esta reseña lo leyó  en dos sentadas y no porque  fuese corto: la manera de narrar y la intimidad con la que el autor cuenta lo que vivió  mantiene al lector adheridos a sus páginas.  Su sinceridad y humildad purga su relato de cualquier egotismo. 
Si su libro es difícil de leer ―por lo emotivo―, debió haber sido dolorosísimo de escribir.  Uno puede leer en sus hojas su adoración hacia su padre, ese amor que nos es familiar a muchos, pero desafortunadamente no a todos.  
Pese a las diatribas contra la religión ―que aunque son compartidas, son, en número, un poco excesivas en el comienzo―,  Abad escribe bien.  A veces con una redacción normal y pausada, otra veces con el estilo del Proust que tanto le gusta.  Sus capítulos son cortos y enfocados en diferentes eventos, lo que le da al libro una cualidad que podría catalogarse como masoquista, pues aunque se sufre, se quiere  seguir leyendo.
Pese a su éxito editorial, El olvido que seremos no es un libro escrito pensando en el público como muchos otros que se publican ahora.  Es un libro que su autor necesitaba escribir, un texto que talvez fue arrancado de sus entrañas, un último grito de indignación y rabia ―respaldado por muchos colombianos― y que debió haberle otorgado sino un gran descanso, por lo menos cierto alivio.   Una cosa sí queda: Abad se aseguró que el padre ―y quizás él mismo― obtuviese gracias a su historia, una prorroga de esa terrible e inexorable sentencia del olvido.
Madrid,  abril 15, 2011

Mientras agonizo

Autor: William Faulkner 
Se necesitan dos personas para hacerte, y una sola para morir.  Así es como el mundo se va a acabar.
As I Lay Dying es, según varias publicaciones, una de las mejores obras del siglo pasado.  El premio Nobel americano publicó su sexta novela en 1930 y dijo haberla escrito de un sólo tirón, sin cambiarle una sola palabra.  La versión sobre la cual se hace esta reseña alega que, aunque esto puede ser una exageración, la obra sí fue producida y publicada en muy corto tiempo.
As I Lay Dying cuenta la historia de una familia que atraviesa distancias y penurias para enterrar a su madre.  El grupo no es una familia normal.  Con el pasar de las páginas y los kilómetros el lector se da cuenta que el marido no trabajaba, que la madre se murió casi de exhaución, que la hija estaba embarazada de un tipo que quería que abortase, que uno de los hijos era de otro padre, y que el otro estaba medio loco.  En el camino el único hijo trabajador —y más o menos normal— casi pierde una pierna que el padre se esmeró en curarla con cemento.  Sí, con cemento.  Al final la novela muestra el egoísmo de todos los miembros que conforman la familia.  Todos atienden el funeral por diferentes motivos, y hasta la madre habla de su muerte expresando ciertas frustraciones.
Como ambiente, Faulkner utiliza nuevamente a Jefferson y al condado de Yoknapatawpha en Misisipi —lugar que siempre definió como su hogar literario y que fue el centro de varias de sus novelas—.  En sus páginas comienza también a desarrollar a Snopes, un personaje que le daría para tres novelas años más tarde y que es, simplemente, inolvidable.
El libro es difícil de leer.  Faulkner no cuenta la historia desde un único narrador, sino que lo hace saltando de personaje en personaje hasta construir la foto total que nos quiere mostrar.   Esto lo hace en muchos de sus otros libros, unas veces con más facilidad que otras.  Para añadir a la dificultad, el americano utiliza también los recursos de Mark Twain y reproduce a través de la escritura los acentos de la región y los niveles educativos de sus personajes.  El resultado, literariamente hablando, es inmenso. 
Mientras agonizo, como fue traducida en el español, es una obra relativamente corta, pero que dejará pensando al lector en esas páginas extrañas del libro que acabó de cerrar.
Barcelona, abril 10, 2011

Los tres mosqueteros


Autor: Alejandro Dumas

Los tres mosqueteros es uno de esos libros que hacen parte de nuestra cultura colectiva.  Son pocos los que han leído la obra, pero esto no impide que a tres amigos cualquiera, se les aplique el adjetivo. 
Como en el 80% de los casos es mejor el libro que la película.  Para aclarar las dudas de quienes no han leído la obra, los tres mosqueteros no eran tres, sino cuatro —D’Artagnan, el personaje principal, se convierte finalmente en mosquetero—, y afortunadamente, la dichosa frase de “Todos para uno y uno para todos” que citan hasta el cansancio en las representaciones de Hollywood sólo es mencionada una vez en las ochocientas paginas de la obra en francés.
Dumas comienza su libro contándonos cómo nació su novela.  El celebre escritor francés, haciendo quien sabe qué en la biblioteca pública de Marsella, encuentra un libro llamado Memoirs de M. D’Artagnan, libro que le sirve para crear la que sería su segunda obra más conocida después del Conde de Montecristo.
La historia comienza en 1625 cuando el joven D’Artagnan deja sus orígenes gascones para realizar su sueño de convertirse en mosquetero del rey.  En el camino se encuentra con un hombre y una hermosa mujer más bien sospechosos.  El tipo le roba una carta de recomendación que su padre le había dado para el líder de la guarda —vernáculo de la misma región que el joven— y que era su única posesión de valor.  D’Artagnan llega a Paris se encuentra con el empleado del rey, que pese a la falta de la recomendación, le permite hacer parte de los aprendices de mosquetero.  Saliendo, D’Artagnan se topa con el hombre que le robó la epístola y persiguiéndolo caza peleas con los tres mosqueteros (Athos, Porthos, y Aramis).  En el primer duelo, los tres mosqueteros se dan cuenta que su cita es con el mismo hombre y ahí comienza la amistad.
La historia tiene varias aventuras, pero en todas ellas predomina un ente que, quizás por estar en tan altas esferas, es inalcanzable para los cuatro amigos: el  Cardinal Richelieu.  Con el pasar de las páginas se mezclan historias a niveles gubernamentales, históricos, y personales, lo que hace de la obra una lectura compulsiva.  El enemigo principal, tan macabro como inolvidable —y que trabaja para Richelieu—, es Milady de Winter, de quien sus crímenes, algunos íntimos para las cuatro amigos, se van revelando más escabrosos.  Aunque, casi al final, el encierro de Milady le quita un poco de velocidad a la novela, la conclusión es buena y Dumas logra cerrar su historia dejándola en corazón de todos sus lectores.
Aunque la historia no es de la misma calidad que el Conde de Montecristo, la obra logra llevar a un lector adulto a sus tiempos de niño —cosa difícil.  La elegancia y el charme con la que es narrada, las buenas virtudes y los excesos —sobre todo por parte de D’Artagnan y de Porthos, vistos con ojos indulgentes— logran una obra que ha sobrevivido ya más de un siglo.  El libro es simplemente atrapador, y lleva a la lectura al esplendor de su más agradecida propiedad: la de entretenernos al mismo tiempo que nos hace felices.
Barcelona, Abril 2, 2010.

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