El Club Dumas

Autor: Arturo Pérez Reverte
En literatura, el tiempo es un naufragio en el que Dios reconoce a los suyos
Y se duda bastante que dios reconocerá este libro.  El club Dumas es una de esas historias que empieza esplendorosamente y termina casi de manera deprimente.  La novela narra la historia de Lucas Corso, un mercenario del mercado negro del libro que se ve metido en la tarea de buscar tres textos antiguos supuestamente escritos por el demonio que, en su totalidad, contienen la clave para evocarlo. 
Al lado de esto y sin que una cosa tenga que ver con la otra —ni literalmente, ni en la trama—, corre la historia de unos capítulos originales de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas.  Entonces, el libro es una fórmula perfecta de ventas: un contrabandista de libros + misterio + demonio + Alejandro Dumas = $.  Y todo esto está muy bien.  Porque los escritores quieren ganar dinero, y los lectores queremos leer buenos libros de misterio.
Pero la desilusión es grande.  La edición en la cual se basa esta reseña tiene 559 páginas, y hasta la número 300, quien la escribe ya quería obsequiar —como un buen detalle— el libro a varios amantes de Dumas.  Pero luego vienen las últimas cien páginas y el edificio que Pérez-Reverte venía construyendo se viene abajo de la forma más triste —sobre todo para el lector, que se había divertido a las mil maravillas hasta ese punto—.
Y no es que el libro fuese perfecto —no lo era—, pero los libros son como las personas: tienen sus defectos y esto no las hace menos preciosas.  Además Pérez-Reverte escribió La sombra del águila, un libro deliciosísimo sobre las guerras de Napoleón.  El misterio era bueno, la construcción era buena, la idea general era buena, y los personajes, ok. Pero de todos los finales que hubieran podido salir, el autor escogió el peor.
Entonces la mejor analogía que se puede dar sobre este libro es un partido de fútbol en el cual nuestro equipo juega como los dioses el primer tiempo y la mitad del segundo, y en la última parte, le meten cinco goles sin que ellos hallan siquiera luchado.  Al final, nos vamos todos tristes y desilusionados del estadio.
Paros, Grecia, Agosto 24, 2011

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