El mundo sin nosotros

Autor: Alan Weisman

The World Without Us. El título es ya una buena pregunta.  El libro, como su nombre lo indica, parte de una premisa: no hay más seres humanos en el planeta.  El lector podrá asumir entonces que la obra es simplemente una cantidad de datos inventados e interesantes sobre lo que podría pasar en el planeta una vez hayamos desaparecido.  Pero el texto termina siendo una gran sorpresa: un libro serio, terriblemente educativo, y tal y como lo dice su portada, un gran experimento del pensamiento.
Partamos de que para describir la situación de un mundo futuro sin nosotros, tendríamos que explorar varias instancias: la de la última vez que el planeta estuvo sin nosotros, por ejemplo, o nuestro estado actual y los efectos que hemos tenido en el planeta en los últimos años.  Asumamos que al autor también le gustaría contarnos con qué rapidez reclamaría la tierra nuestras supuestas pertenencias.  En ese caso el investigador tendría que buscar escenarios donde esto haya ocurrido —como lo hace contándonos de una isla en el mediterráneo que fue abandonada tras una guerra entre Turquía y Grecia—, y hablarnos un poco de las terribles propiedades químicas de todo lo que fabricamos.  Además, supongamos que se quiere ahondar un poco en aquello que podría extinguirnos: en ese caso al autor le tocaría meterse en eso de los virus y las bacterias o quizás algo más común y menos, digamos, biológico, como lo son las guerras y nuestra codicia.  Entonces Weisman nos cuenta un poco sobre algunas tribus Mayas, que desaparecieron consumidos no por las conquistas sino la avaricia y la ambición.
Ya se dijo, el libro es bastante educativo.  Si quien lo lee tiene un lado científico y está más o menos enterado de la realidad ambiental del planeta, el texto le dará de qué hablar por un buen rato.  Si por el contrario, el lector conoce el tema como por “cultura general” —eufemismo para la ignorancia de quien aquí reseña—, pues el libro le abrirá los ojos a muchas realidades, y le dejará un sentimiento de irresponsabilidad en el cuerpo.
Sin embargo la educación vale la pena.  Al final, como dice el autor, el mundo se ha curado de cosas peores que nosotros y lo que deja muy en claro, es que deberíamos cuidar lo que se nos ha dado.  Un lector un poco cínico se preguntará: ¿Para qué si al final todo se extingue, todo cambia, y todo vuelve a empezar —como lo ha hecho la tierra bastantes veces—?  Pues la respuesta es simple: por la misma razón por la que se cuida la casa en la que se vive: para que uno pueda pasar un rato —una vida— agradable, y dejar a los que vienen por lo menos lo mismo que nos dejaron a nosotros.  Una cuestión más de decencia, en realidad.
¿Qué si el libro propone soluciones? La verdad, sí, y una bastante simple.  En sus últimos capítulos Weisman propone que si el ser humano, sin sacrificar sus comodidades, se limita a reproducirse a una cantidad de otro ser humano por mujer, el mundo en poco tiempo —algo así como medio siglo— podrá recuperar su equilibrio.  Eso querrá decir que moriremos en mayor proporción a la que nos reproducimos no sólo disminuyendo nuestro impacto en el planeta, sino también enfocándonos en progresar para el bien de nuestra raza ya proporcionada —¿Por qué es que uno nunca oye hablar de una solución tan brillante, tan simple, y tan barata?—.
En sus últimos capítulos, el periodista americano habla también de nuestro legado, entre ellos las naves que hemos lanzado al espacio con cierta documentación sobre nuestro mundo.  En un hermoso párrafo, Weisman dice:

Mientras los Voyagers y los Pioneers [naves con nuestra documentación] se convierten en polvo de estrellas, nuestras señales de radio cargadas de imágenes y sonidos que graban casi más de un siglo de existencia humana, será todo lo que el universo guarde de nosotros [esto porque las ondas, como las del mar no mueren sino que se propagan].  Es a duras penas un instante, incluso en términos humano, pero es uno increíblemente jugoso.  Quien sea que espere nuestras noticias al final del tiempo tendrá sus oídos llenos.  Puede que no entiendan Lucy [I love Lucy, uno de los shows grabados en estas naves], pero con certeza nos oirán reír.
Barcelona, julio 17, 2011

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