Las almas muertas

Autor: Nikolai Gogol
"No", dijo Chichikov para sí mismo, "una mujer es un fenómeno..."  A este punto su mano hizo un gesto de desesperanza.  "¿Qué es lo que hay que hablar?  Sólo intentemos describir todas las expresiones que resbalan por sus caras, todas esas pistas y emanaciones.  Sólo miremos los ojos de una de ellas: es un campo tan infinito, que ahí un hombre empezaría un viaje y nunca más se volvería a saber de él.  Nunca lo sacarían de ahí, ni siquiera con un garfio..."
En 1828, con 19 años, Nikolai Gogol publicó su primer poema.  Lo publicó con sus propios fondos causando una unánime opinión entre la crítica y las revistas de ese entonces: el poema era terrible.  El joven y soñador escritor recogió entonces todas las copias, las quemó y se prometió no volver a escribir poesía en su vida.
Por fortuna para todos, el ruso —¿o ukraniano?— siguió escribiendo y dejó para el deleite de la humanidad lo que sería la primera novela rusa moderna y una de las obras más importantes en la literatura mundial.  Las almas muertas no tiene ni el poder, ni la forma titánica de Ana Karenina, Los Hermanos Karamazov, o Crimen y Castigo, pero tiene algo que ellas no: un sarcasmo y un humor, que después de más de ciento cincuenta años continua vigente. 
Las Almas muertas cuenta la historia de Chichikov, un tipo normal de moral más bien cuestionable, que llega a un pueblo buscando comprar, valga la redundancia, almas muertas.  Por esto no debe entenderse la compra de cuerpos o cadáveres; en ese tiempo, los siervos eran también llamados almas —como las vacas y caballos son llamadas bestias en el ámbito agropecuario—, y el número de siervos —o almas— eran la garantía necesaria para obtener un préstamo hipotecario.  Puesto que el estado natural de los siervos —si estaban vivos o muertos— sólo se hacía una vez al año, Chichikov podía aprovecharse del sistema comprando siervos muertos y asegurarse un préstamo hasta la siguiente temporada de impuestos.
Así pues comienzan las aventuras de este tipo, un tipo que …no era seguramente un Adonis, pero su apariencia tampoco era desagradable.  No era muy gordo, ni muy flaco, como tampoco podía ser descrito como muy viejo o muy joven.  Gogol, cansado de los héroes hermosos, valientes, y de grandes valores, escoge un tipo cualquiera, uno con defectos tanto físicos como morales.  Luego, después de contar su historia llena de experiencias sobrias y mezquinas, el ruso nos pregunta —literalmente— si no tenemos todos un poco de Chichikov.  Así mismo y tácitamente, nos cuestiona si nuestros países no tienen también algo de su amada Rusia. 
Las estandarizaciones, la necesidad de capturar los comportamientos en su cultura abundan en la novela.  Gogol nos muestra a Rusia, el país que amó y criticó hasta sus últimos días, con todos sus matices.  A través de sus generalizaciones, de “los rusos somos así y asá”, de “los rusos hacemos esto y lo otro”, de “los rusos siempre tal y pascual”, Gogol revela nuestras similitudes, la materia humana que nos une a todos.  
Literariamente, el escritor ruso se atrevió a innovar.  Pocos son los escritores que se atreven a meterse en sus novelas y él lo hace con éxito.  No sólo no interrumpe el flujo de su narración, sino que le da color logrando que nos enamoremos aun más de su relato.
La narración de Gogol no aleja, ni intimida, suena más bien como el viejo amigo que nos cuenta una historia, una historia que casi parece infantil, pero que es tan aguda, tan cómica, y tan representativa de nuestra realidad —y la de esa época— que no podemos evitar reír.  Es entonces, diría quien escribe esta reseña, un libro que, a través de su arte y su narrador —¡y qué narrador!— trae felicidad.
Barcelona, febrero 15, 2011

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