Los conquistadores


Autor: André Malraux
Una sola vida, una sola vida… Él no concebía el miedo a la muerte (jamás llegó a comprender plenamente lo que era; incluso hoy, morir no era para él morir, sino sufrir al extremo un herida muy grave), sólo el miedo profundo y constante de arruinar esa vida que era la suya y de la cual no podía borrar nada.
En 1928, André Malraux, quien sería años después ministro de cultura de Francia bajo la presidencia de Charles De Gaulle, publicó su pequeña novela Les Conquérants.  La novela cuenta la historia de un periodista que trata —como puede— de reportar eso que fue, alrededor de 1925, la revolución china en lo que corresponde a Cantón y a Hong Kong.
Mucho se habló de la veracidad de los hechos de la obra.  Ante esto Malraux aclaró que lo que él quería hacer no era contar paso a paso, o de manera fidedigna, lo que había sucedido en esa época, sino dar una idea general en la cual podía demostrar la diferente clase de héroes que quería retratar.  Su cometido fue logrado: en pocas novelas un lector puede ver tan clara y fuertemente los temperamentos de los personajes que las conforman. 
Los conquistadores es una novela corta, pero llena de eventos en los cuales grandes personalidades se debaten y dejan ver su talante.  Hong es un terrorista puro, alimentado de la rabia de venir de abajo, acumula un poder que sólo quiere usar para aniquilar a aquellos que le dañaron la infancia.  Garine, un luchador infatigable y exacto, con ideales, pero sin futuro: él pelea por la embriaguez de la pelea, de la estrategia, un personaje que no pudo concebir nunca su vida en una época placentera o en un buen hogar.  Tcheng-Daï, un millonario que lo dio todo y que pobre, ganó por su generosidad, el corazón de su pueblo.  De él, Malraux dijo:
Como todos aquellos que actúan fuertemente sobre las multitudes, ese viejo cortés de pequeños gestos medidos, está encantado.  Encantado por esa Justicia que él cree estar encargado de mantener y que él no distingue de la mitad de su propio pensamiento, de los problemas que su defensa le impone. …  Él no piensa más que en ella, el mundo existe en función de ella, ella es la más elevada de las necesidades del hombre, es también el dios que debe ser primeramente satisfecho.  Él tiene confianza en ella como un niño en una estatua de la pagoda.
Les Conquérants es una excelente novela, maestralmente narrada, con un desarrollo de personajes que cualquier escritor podría envidiar.  Una grande y al mismo tiempo corta obra de referencia.
Paris, Agosto 30, 2010

Chiquita

Autor: Antonio Orlando Rodriguez

Hace algunos años —no muchos—, antes de que el fallo del jurado del codiciado premio Planeta fuese anunciado, algo inusitado sucedió: uno de los jurados dijo que, con todo el respeto que sus compañeros de jurado merecían, él renunciaba a su cargo.  ¿La razón?  El hombre dijo que ninguna de las obras que se habían presentado merecía el prestigioso premio.
No sólo era esto un insulto para sus compañeros que ya habían elegido una novela ganadora, sino también el destape de una olla que hervía con prudencia en las bocas de varios escritores en referente a varios de los premios literarios que existen en la realidad.
De bocas de varios escribas he escuchado que estos concursos están arreglados, que son premios a opiniones complacientes a los intereses de grandes editoriales en pequeños países, que son maquinarias de mercadeo, que sólo ganan los famosos, etc.  Quien escribe esta reseña lee más clásicos y recomendaciones que cualquier otra cosa y por esa misma razón no le otorgó mayor importancia al caso.  Todo eso hasta ahora que leo Chiquita, la novela ganadora del premio Alfaguara del 2008.
Chiquita cuenta la historia de Espiridiona Cenda, una liliputiense que a finales de 1800 y principios de 1900, según el libro, conquistó Estados Unidos y Europa con sus encantos.  En la novela hay desde talismanes, hasta sectas secretas, todo eso pasando por la gallina de los huevos de oro, pescados que viajan desde Cuba para luego vivir en el Sena y amuletos que brillan para proteger a quienes los llevan.  Todo esto puede sonar bien a algunos, pero la verdad, la experiencia de la lectura fue una desilusión progresiva.  Muchas —¡durante las 500 páginas del libro!— fueron las veces en las que estuve a punto de dejar la novela en cualquier esquina, pero me abstuve sólo para saber qué era lo que había hecho que el jurado otorgara el prestigioso premio.  Llegué a la última página y no encontré la respuesta.
La novela no es mala.  Merece ser publicada y hay todo un mercado para ella: se llama el mercado infantil y adolescente.  Es ahí donde se puede contar cosas como las de la gallina de los huevos de oro sin ningún tipo de arte para convencer al lector, o donde en lugar de hablar de sexo como se debe, se usen las metáforas de llavecitas y cerraduras.  Pero como lector adulto, personalmente, me sentí estafado.  Y no por el dinero que costó el libro —repito, la novela no es mala— sino por el tiempo que perdí pudiendo leer algo para personas un poco más… adultas.  Los premios son hechos para recalcar y difundir las grandes obras literarias de nuestra época.  Dudo mucho que en algunos años la editorial pueda decir que ésta es una de ellas. 
Se le aporta al escritor que la novela está bien documentada; de hecho, lo único interesante en ella es conocer el ambiente en el que Cuba se liberó de los españoles a finales de 1800 y principios de 1900.  Pero literariamente, la obra no aporta nada, el estilo es cauto —por no decir pobre— y el autor utiliza el recurso del narrador que cuenta a quien escribe, para contar historias que no se las cree ni él. Las mismas palabras en la contraportada del libro son lacónicas.  Pienso entonces que, desafiando los modelos económicos en los cuales los premios son establecidos, las editoriales que los otorgan deberían reservarse, en algunos casos y por dignidad propia, el derecho de declarar el premio como desierto, decir que cierto año, por falta de calidad, no será otorgado.  Con todo el respeto que el señor Antonio Orlando Rodríguez se merece —escribir un libro es una actividad sumamente difícil—, mi copia de Chiquita pronto engrosará la biblioteca de algún colegio. 
New York, Agosto 19, 2010

Calígula

Autor: Albert Camus
Hagan entrar a los culpables.  Me faltan culpables.  Y ellos los son todos.  Quiero que hagan entrar los condenados a muerte.  ¡El público, quiero tener mi público!  Jueces, testigos, acusados, ¡todos condenados por adelantado! ¡Ah!  Caesonia, voy a mostrarles lo que ellos no han visto jamás: ¡el único hombre libre de este imperio!
Según los libros de historia, Calígula —o Caius, como también era conocido—, fue emperador de Roma entre el año 37 y 41 después de Cristo.  De acuerdo a los anaqueles los dos primeros años de su reinado fueron nobles y moderados; el resto, se dice, los ejerció con crueldad y depravación.
La primera versión del Calígula de Camus apareció en 1937 cuando el Nobel no tenía aun los treinta años, pero la final no fue distribuida hasta 1944.  En 1957 y 1958 pequeñas modificaciones fueron hechas a la obra.
La pieza de teatro está dividida en cuatro actos: en el primero, se muestra la realidad de Calígula y las razones que le llevan a la crueldad que le hizo famoso; en el segundo, se muestra el juego del emperador y las crueldades a las que somete a sus súbditos.  El tercer acto muestra el desespero de todos los personajes (el victimario y las victimas).  El cuarto, como ya se espera, muestra la muerte del personaje principal.
Camus dijo alguna vez que sólo había un problema filosófico verdaderamente serio —el suicidio—, y en Calígula, el Nobel algeriano lo trata desde un punto de vista macabro, y al mismo tiempo, didáctico.
La obra comienza con los ciudadanos preocupados por la salud mental de su emperador quien viene de perder a su hermana, con quien, según la obra, tenía relaciones.  Los súbditos le hablan y le dicen que hay otros asuntos de los cuales también hay que ocuparse.  Estas palabras son la gota que derrama la copa, la tuerca que se cae dejando libre el tornillo.  El problema de fondo es la muerte.  El emperador considera injusto el fallecimiento de su hermana.  Al mismo tiempo y yendo más allá, entiende que él también va a morir y que de cierta manera, él también lo merece —¿quién no?—.  Y bajo esta premisa —la que todos somos culpables o de cierta manera condenados como trató de explicar Camus años después con su Sísifo— el gobernante quiere hacer sentir a sus súbditos la tragedia humana, el dolor, la injusticia.  Puesto que las finanzas de un gobierno son lo más importante, consumido de rabia ordena que las herencias de todos los súbditos sean puestas a nombre del estado.  Una vez establecida esta diligencia, comienza a asesinar a los súbditos al azar —porque todos son culpables—.  Tal como fue previsto, las finanzas del estado son sanadas.  Pero con esta acción él comienza a destruirlo todo, lo hace a propósito, sabiendo que con cada cosa o persona que destruye, él se destruye a sí mismo.  Calígula no es tonto, ni loco, él quiere que la gente entienda su lógica, y de hecho, algunos lo hacen.  El desenlace sólo puede ser uno: su asesinato por parte de sus súbditos —cosa que él también sabe—.
La genialidad de la obra y del algeriano se muestra en varias ocasiones, pero su paroxismo llega en la última línea.  Justo en el momento antes de morir, después de que sus súbditos le han apuñalado varias veces,  él, reconociendo su propia bajeza en las acciones de sus asesinos, les grita que él aun sigue vivo.
New York, Agosto 18, 2010

La muerte de Artemio Cruz


Autor: Carlos Fuentes
"Pensarás que has hecho tantas cosas cobardes, que el valor te resulta fácil"
El autor mexicano Carlos Fuentes publicó La muerte de Artemio Cruz en 1981.  El tema del libro es obvio como su título lo dice.  El concepto de la novela no es original —ya Tolstoi lo había hecho en La muerte de Iván Ilyich—, sin embargo la profundidad con la que se relata la vida del personaje, el retrato de una realidad latinoamericana, la de la muerte en sí, y sus pensamientos, hacen de esta obra un gran placer de leer.
El libro está estructurado en forma de flash-backs, un collage de historias y pensamientos del personaje principal o aquellos otros que lo rodean que al final dan la pintura caótica y exacta de quien ahora presenciamos su muerte.
A través de las páginas conocemos de Artemio Cruz su niñez, su juventud, sus momentos más importantes, los más tristes y los más vergonzosos.  Como en la obra de Tolstoi, el personaje principal se adhiere al egoísmo como filosofía de vida trayéndole tanto riquezas como miserias.  Artemio Cruz, en su lecho de muerte, desprecia al mundo saboreando entretanto los momentos que le trajeron resultados.  Después de vivir la revolución mexicana, ya hecho un político corrupto, inescrupuloso hombre de negocios y explotador del pueblo, el desahuciado sigue burlándose de la gente con ideales.
La novela termina —¿comienza?— con el relato conmovedor de su niñez, dando el retrato de una persona que pudo serlo todo, incluyendo un campesino bueno y honesto.
"decidirás, escogerás uno de los caminos, sacrificaras los demás: te sacrificarás al escoger, dejarás de ser todos los otros hombres que pudiste haber sido, querrás que otros hombres -otro- cumpla por ti la vida que mutilaste al elegir: al elegir sí, al elegir no, al permitir que no tu deseo, idéntico a tu libertad te señalara un laberinto sino tu interés, tu miedo, tu orgullo..."
El estilo y la estructura de esta novela demuestra por qué el mexicano es uno de los escritores más importantes de Latinoamérica.
Turquía, agosto 11, 2010

Candide y otros cuentos

Autor: Voltaire
Y bien, mi querido Pangloss, le dijo Candide, cuando estuvo usted colgado, disecado, molido, y remando en las calderas, pensó siempre que las cosas habían ido de la mejor manera posible? -Yo siempre he pensado de esa manera, respondió Pangloss, al fin y al cabo soy un filosofo: no me conviene contradecirme...
Voltaire escribió Candide, su sátira más famosa, en 1759.  Para esa época el francés contaba casi con sesenta años y sus peleas con el gobierno, los sistemas judiciales, y la iglesia ya estaban bien establecidas.  La obra fue inmediatamente vetada en ciertos círculos y no hizo más que exacerbar esas querellas.
Candide es la historia de un joven, más inocente que salado, que mantiene un optimismo acérrimo mientras sufre innumerables calamidades.  La obra está narrada en tercera persona, con capítulos bastante dinámicos y cortos.  En ellos, Voltaire postula una premisa simple, profunda, y actual: ¿pasan las cosas siempre de la mejor manera?  ¿Existe o no, un destino?
Decimos aquí que la pregunta es actual pues la palabra "destino" forma parte de nuestras conversaciones diarias y se puede casi asegurar que es inculcada tanto por la educación, como por los medios.
Los personajes de Candide atraviesan todo tipo de vejámenes: violaciones, torturas, saqueos, enfermedades, etc.  Pese a esto, ellos continúan haciéndose la misma cuestión y filosofando acerca de ella.  No es sino hasta el final que Candide llega a la respuesta, dándose cuenta que su vida no estaba escrita en ninguna parte, sino puesta en sus manos para con estas trabajarla.
Candide es una obra valiosa con diversos puntos de análisis sobre comportamientos que hoy en día, con una civilización supuestamente más educada que aquélla en la que vivió el francés, todavía pasan.  Voltaire, que murió diciendo que odiaba las supersticiones, quiso decirnos en sus páginas que la inocencia no es una virtud —nos demuestra que es lo contrario de la sabiduría—, y que debemos simple cuestionar la premisa romántica, mística, y misericordiosa del destino.

Otros cuentos
Ningún arte es conocido para esa gente.  Es una gran pregunta entre ellos, si ellos vienen de los micos, o los micos de ellos.
Las cartas de Amabed (refiriéndose a la cultura occidental de la época)
Al igual que Candide, Voltaire escribió sus cuentos en la última etapa de su vida.  En ellos el francés usó el humor y la sátira para expresar sus ideas, pensamientos, y alguna veces, incursionar en las preguntas que le trasnochaban. 
La colección sobre la que se hace esta reseña no los comprende todos, pero sí una buena muestra.  En ellos se lee y se siente una persona culta y al mismo tiempo modesta en su sabiduría.
Con El hombre de los 40 escudos, el francés se propuso inculcar dos cosas: una, dar un ejemplo de lo que podría ser un ciudadano ejemplar; y dos, mostrar e instruir al lector sobre las situaciones injustas —y en casos ridículas— de la vida social, económica, y jurídica de la época.  Voltaire nos muestra un personaje encantador, trabajador, inteligente, y sobre todo curioso.
"Pese al progreso del espíritu humano, leemos muy poco; y entre esos que quieren a veces instruir, la mayoría, leen muy mal...
Muchos buenos burgueses, algunas cabezas grandes, que se creen cabezas buenas, os dirán, con un aire de importancia, que los libros no sirven para nada.  Pero señores Velches, saben ustedes que no son gobernados más que por los libros? Saben ustedes que la ordenanza civil, el código militar, el Evangelio, son libros de los cuales ustedes dependen continuamente? Lean, ilumínense; no es sino por la lectura que uno fortifica su alma; la conversación la disipa, y el juego la encierra."
En Las cartas de Amabed, el francés se burla de la ridícula superioridad de la cual se ufana el Occidente (actitud aun actual que pronto nos costará bastante). En La historia de Jenni, el sabio, y el ateo —una de las mejores de la colección—, Voltaire pelea consigo mismo encarnando los diferentes personajes.  Al final el pensador se muestra creyente de un Dios universal, matemático, y vigilante.  Y sin embargo no se guarda ni sus criticas, ni sus dudas.  Termina casi que reconciliando a los ateos y detestando tanto a los fanáticos como a los supersticiosos. 
Otros cuentos como El toro blanco, La aventura de la memoria, El elogio histórico de la razón, y Las orejas del Conde de Chesterfield y el Capellán Goudman, están incluidos en la colección.
Voltaire fue uno de los hombres más importantes del siglo de las luces.  Un hombre grande que guardaba ciertas contradicciones o dudas, pero que en lugar de esconderlas, las mostraba pues le enorgullecían.  Al final de sus días Voltaire se deja sentir como un hombre cálido, conocedor del poder, de los hombres, y entendedor de la importancia de la pregunta, la tolerancia, y el deber de la educación.  Sin duda alguna, debe estar en los estantes de cualquier buena biblioteca.
Turquía, agosto 11, 2010

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