Los impacientes

Autor: Gonzalo Garcés
A los quince años y a los ochenta un hombre puede, acaso, recrearse como un sólido y rechoncho dios ante la desintegración de la psique humana; a los veinte, es él mismo quien se desintegra.
Con un amigo llegamos a la conclusión de que la diferencia entre los veinte y los treinta, es que a los veinte uno cree que se las sabe todas y a los treinta uno reconoce con tristeza y desconcierto que no sabe nada.  El libro de Gonzalo Garcés toca más o menos esta conclusión.  Él ganó con Los impacientes el premio Biblioteca Breve del año 2000, un premio bien merecido.  El autor argentino nos cuenta la historia de tres jóvenes de veinte años en un momento que ellos piensan “decisivo”.  Objetivamente, este adjetivo es sólo cierto para dos de ellos.  Los tres sufren, eso sí y como acertadamente lo llama Garcés, de impaciencia, esa impaciencia y esa “ventiañez” que ayuda a darnos la ilusión de ser verdaderos sabios.
El libro es sólido, tiene densidad y la educación filosófica del autor se nota hasta el final.  El lector no ha pasado de las primeras veinte páginas y se da cuenta que tiene en sus manos un libro existencial trabajado, añejado, como los buenos vinos.  El reto que el autor se ha puesto no es sencillo: en el libro, los tres personajes narran.  Ellos cuentan lo que piensan, dialogan, se interrumpen, y de vez en cuando el omnisciente entra para aclarar algunas cosas.  La obra de todas maneras fluye, intriga, hace pensar y nos recuerda esas épocas en las que, en la vida y como un insecto, se flota con desespero.
Garcés creó una obra que, como un río, tiene partes hondas y lentas, otras rápidas y divertidas.   Un río en el que vale la pena nadar.
Paris, mayo 31, 2010

La educación sentimental

Autor: Gustave Flaubert

Flaubert se quejó de que su Educación sentimental no hubiese sido entendida.  Y aunque en su época fue una de sus obras más criticadas, el tiempo y aquellos que la comprendieron, supieron reponerle la grandeza robada.
L’Éducation sentimental puede ser descrita simplemente como la historia de un joven a la que la vida quiso tratarlo bien, pero él no se dejó.  El gran escriba francés estructura su novela en tres partes: la primera empieza con nuestro héroe, Frédéric Moreau, llegando a París con sueños grandes, intelectuales y nobles, pero no por ello, imposibles.  Los comparte con su amigo Deslauriers, quien a su vez fantasea con un gran futuro político.  En el transcurso de su llegada, Frédéric conoce a Madame Arnoux, mujer mayor que él y casada, de la cual se enamora perdidamente —con sólo verla y ayudarle a escapar de un tropezón— hasta el fin de sus días.  Durante esta primera parte, el joven se hace amigo de su esposo y frecuenta el negocio donde ella aparece esporádicamente, convirtiéndose en la patética imagen del perro que vela por comida.  Los lazos entre los dos personajes principales se estrechan, pero manifestándose más bien como una hermosa amistad que el joven mal interpreta a cada instante. 
En la segunda parte Frédéric desarrolla otras características, siendo la inocencia 
—o la estupidezla más aguda de todas.  El tipo derrocha la ayuda financiera de su madre —quien tampoco es muy brillante—, y se ve obligado a volver junto a ella en un ambiente rural que nada tiene en comparación con la vida agitada y cosmopolita de Paris.  Ahí conoce a otra de sus mujeres, Louise —en ese momento una simple niña—, hija del tipo que desvalija con prudencia a su progenitora.  Debido a la ruina económica, Frédéric echa al olvido sus sueños y anhelos, hasta que la vida le regala una segunda oportunidad: un tío muere y le hereda una fortuna decente que podría garantizarle un buen comienzo.  El joven inmediatamente regresa a París con la naturaleza juvenil más ferviente que nunca —es decir la irresponsabilidad—.  En esta parte ocurren muchos otros eventos, incluyendo el encuentro con Rosanette, quien era la amante del señor Arnoux, y con quien empieza a competir por el amor de ésta.  El duelo más ridículo de la historia tiene lugar.
La tercera parte tiene un desenlace encantador: en una especie de ciclo Frédéric y Deslauriers, después de sus múltiples fracasos, desilusiones y desengaños, terminan juntos hablando de la vida que pudo ser y no fue.  Los otros detalles serán dejados al lector que quiera conocer esta gran obra.
Para quien escribe esta reseña, el final, difícilmente pudo ser mejor.  Es aquí donde se puede apreciar la grandeza de la obra.  Flaubert repitió hasta el cansancio que quería retratar su época.  Fue más allá y dijo también que esa era su historia y que de todo lo que había escrito antes, esto era lo que había querido hacer —él había escrito una primera versión en 1845, pero la final, muy diferente, fue publicada en 1869—.  El lector no va a enamorarse de Frédéric, seguramente habrá de considerarlo un idiota, pero en ningún momento dejará de cuestionarse —o reconocer— que ha o pudo haber cometido la misma tontería.  Con La educación sentimental, Flaubert, que no carecía de ironía, se pone él mismo en el banquillo, pero lo hace encarnando su mundo, sus amigos, su sociedad; lo hace, de alguna manera, remplazándonos a todos.  Hace una semana, un buen amigo preguntó que tal era el libro.  La respuesta fue que aunque en pocas ocasiones había leído un libro con tantas ridiculeces, la obra estaba lejos de ser ridícula. 
—Como la vida —dijo él. 
—Sí —le respondí—, como la vida…
Paris, marzo 24, 2010

El hacedor


Autor: Jorge Luis Borges
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche
Los libros de Borges son difíciles de reseñar por muchas razones; quien escribe este texto sólo dará dos: la primera, porque Borges escribía también reseñas y quienquiera que le haya leído comprenderá la inutilidad de la competencia; la segunda —que es talvez una derivación de la primera—, porque sus escritos son abismos, espejos, y laberintos, cosas son muy difíciles de reseñar. 
El hacedor es quizás el libro más íntimo del autor.  En comparación a El Aleph y a Ficciones hay que decir que no es ni mejor ni peor, sino el complemento que un buen fanático andaba buscando.  Porque en estos dos libros el argentino se muestra inalcanzable, un ser que maneja las palabras como el mejor, uno que deslumbra con su elegancia, que juega con nosotros y al mismo tiempo nos engaña con un poco de tristeza.  Pero en El hacedor, Borges revela su humanidad, un poco de su vida, de sus amigos, y de alguien de quien él temía su veredicto. 
El hacedor es una recopilación de poemas, historias y reflexiones.  En Las uñas, el argentino reflexiona elegante sobre esta parte del cuerpo, en Delia Elena San Marco se despide de su amiga cuestionando la existencia humana y preguntándose si habrá “otro día”; en La trama nos enseña nuestra sempiterna naturaleza; en La parábola del palacio nos dibuja la grandeza de un poema; en Everything and Nothing nos dice que somos la última palabra:
La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: «Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo».  La voz de Dios le contestó desde un torbellino: «Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie».
En este libro Borges  menciona lo inminente e inevitablemente efímero de su ser.  Trata de decirnos en algunas líneas que lo importante no es él sino sus escritos.  Y si quien tiene este libro entre sus manos, lee algunas de sus páginas y se imagina que no es Borges quien lo escribe, sino otro, un desconocido, entonces lo más seguro es que de su boca salga una sola e inmensa palabra: Gracias.
Paris, mayo 16, 2010

Morir con papá

Autor: Óscar Collazos
«Como si sólo existiera el pasado» —ha repetido para sí el padre.  Es como si midiera la exactitud y las razones de esa réplica, como si buscara los motivos que tiene el hijo para decir que la tristeza y el pasado son una misma cosa.
    —Todo lo que se va es triste —dice al fin el padre—.
Mucho se ha escrito sobre la violencia en los barrios de Colombia.  Rosario Tijeras y La virgen de los sicarios, son sólo ejemplos.  En las páginas de estos libros se encuentran testimonios, ambientes, y situaciones, que si no sucedieron tal y como fueron narrados, fue por falta de imaginación o investigación del escritor.  Luego vinieron otros libros, los de los mismos sicarios y mafiosos que comenzaron a contar sus historias, a documentarlas como pudieron.  A estos no puede dárseles el título de literatura —pues la literatura es un arte y estos carecen de la dedicación que se requiere—, pero no por esa razón deben ser desdeñados de la memoria social.  Al fin y al cabo ellos cuentan una realidad, la realidad de quienes la vivieron, y ¿de qué más pueden hablar cualquier persona?  ¿No es la realidad de un país una suma de realidades individuales?  ¿Y de que más puede nutrirse entonces una literatura nacional?
Sin embargo Morir con papá, puede ser original dentro de todo lo anteriormente descrito.  El libro tiene aproximadamente 140 páginas y quien escribe esta reseña se sentó dos veces a leerlo: en una leyó las primeras 80 y en la segunda lo terminó.  El texto habla del sicariato, sí, mas es planteado desde la perspectiva de una relación padre e hijo.  Un hombre viejo que no sabe qué otra cosa hacer, que intentó ser honrado y no pudo, se ve por casualidades del destino, trabajando con su primogénito en el negocio de matar.  El autor no especifica por cuanto tiempo lo han hecho, pero la relación, que no se desarrolló en el ambiente de familia, lo hizo en el ambiente laboral en el que el padre, con cierto paternalismo invalido, se limitó a enseñarle a su descendencia las bases de aquella labor.
En este tipo de libros las cosas siempre terminan mal —el título lo dice todo— y es mejor dejar que el lector devore sus páginas para saber el final.  Vale la pena mencionar que la narración es superior, que los personajes son elaborados, y que ese narrador omnisciente, esa persona detrás del libro y que lo cuenta con palabras más bien lacónicas, deja ver una ternura, un inmenso pesar por sus personajes y por esa realidad.  Si alguna vez alguien pidiera a quien escribe una recomendación sobre esta categoría de libros, Morir con papá sería la indicada.
Paris, mayo 9, 2010

Entre la soledad y el amor

Autor: Alfredo Bryce Echenique


Hay millones de maneras de ser tímido, es cierto, y van desde el no soltar nunca una palabra hasta el soltarlas todas, me consta...
Alfredo Bryce Echenique nos ha regalado varias historias cómicas y nostálgicas, entre ellas Un mundo para Julius, La amigdalitis de Tarzán, y El huerto de mi amada.  Pero este libro no es ni novela, ni cuento.  En sus páginas el peruano nos muestra, por medio de ensayos y reflexiones, el andamiaje sobre el cual están escritas sus obras.   El libro está dividido en cuatro partes: La soledad, La depresión, La felicidad, y finalmente, El amor.
La soledad – Siendo un tema sobre el cual mucho se ha hablado y escrito, Bryce no ofrece una nueva perspectiva: el escritor habla de la soledad de las personas aun estando en multitudes, la de los niños que hoy más que nunca son educados por la televisión, la soledad de los jóvenes que luchan en comunidad por una individualidad, la de los ancianos, y la de la nueva sociedad para la cual el matrimonio es todos los días un poco más desechable.  Hablando de esto, el escritor se mete en el tema de la comunicación donde ofrece un valioso cuestionamiento:
Aspiramos a una comunicación bastante extraña, por cierto, ya que el otro se vuelve indispensable y al mismo tiempo se le quita toda importancia.  Nuestra necesidad del otro es inmensa, pero el papel que le atribuimos es insignificante.
Dentro de este esquema, el otro no existe para que lo comprendamos sino para responder a la necesidad que tenemos de su presencia.  Si la comunicación tuviese un objetivo, obligaría a cada sujeto a un esfuerzo de reciprocidad.  Tendríamos que esforzarnos para comprender al otro y , por reciprocidad, otro haría lo mismo.  Pero en el principio y fin de la comunicación estamos solos ante un ser imaginario, producto de nuestros fantasmas.  Hoy se habla de comunicación.  Es una palabra que todo el mundo tiene en sus labios y que supone un «emisor» y un «receptor».  Pero lo que tenemos es el uno sin el otro.  No hay intercambio.  La comunicación consiste en dos monólogos, no en un diálogo.
En la parte de La depresión el autor nos cuenta de manera narrativa —excelente, por cierto— su experiencia personal.  Nos muestra los detalles sin despertarnos completamente la lástima, como un momento duro, pero —quizás— ya superado.  Esta parte nos acerca a él, es contada con mucho sentimiento y dedicada a la persona que le ayudó a salir de sus crisis.
En La felicidad el peruano analiza este estado desde el punto de vista de las necesidades, argumentando que la búsqueda de esta sensación es innata en el ser humano, y que muda dependiendo de quien la emprenda —la felicidad mía es diferente a la suya, por ejemplo, y cualquiera de los dos puede estar en diferentes capacidades de alcanzarla—.
Finalmente se toca el punto de El amor. Bryce nos habla de él como una cosa maravillosa y al mismo tiempo efímera, una cosa que se nos escapa:
Quizá el  absoluto es una quimera, como Dios, una ilusión necesaria del conocimiento.  Y puesto que el amor absoluto no puede realizarse, es tan sólo el encuentro de dos seres que dura una corta eternidad, nos deja el sabor melancólico del infinito, o crea la ansiedad desesperada del bien único apenas vislumbrado en los tiernos abrazos, o del sol radiante del mediodía cuya búsqueda desesperada acabó de enloquecer a Van Gogh.  «El absoluto es la absoluta identidad consigo mismo» afirmó Hegel.
Como se dijo anteriormente Entre la soledad y el amor muestra las mareas del autor,  nos deja ver a través de sus páginas eso que verdaderamente le ha llevado a poner la mano sobre el papel.
Paris, mayo 1, 2010

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