Poemas nuevos y coleccionados


Autor: Wistawa Szymborska

Quien escribe esta reseña está lejos de ser un experto en poesía.  A veces la entiende y a veces no; a veces las palabras entran por un oído y salen por el otro.  Pero la ignorancia no evita que se aprecien los versos de Szymborska.   Talvez es porque la obra de la Nobel polaca es así de grande, o agridulce, o quizás tan sutil como esos vientos que refrescan por las tardes.

Bien versados en las expansiones
Que se estrechan desde la tierra hasta las estrellas
Nos perdemos en el espacio
Entre el suelo y nuestro cráneo

Szymborska es una voz clara, inteligente, poco romántica, pero soñadora.  No es inocente —quizás lo que mejor se puede apreciar y lo que da más deleite— y sus versos están llenos de una ironía al mismo tiempo alegre y desilusionada.  La edición sobre la cual se hace esta reseña comienza presentando a la autora por medio del discurso que dio al ser galardonada con el premio Nobel.  Con semejante texto, es difícil no leer las páginas que siguen (leer discurso).  Szymborska se lee fácil, lo cual no quiere decir que carezca de profundidad.  Entre sus poemas más destacados están Clasificados, A mis amigos, Nada dos veces, Parábola, y En el río de Heráclito —la lista es larga—.  Nos tomamos el trabajo de traducir del inglés uno de los poemas que mejor reflejan la naturaleza de esta poeta:

En el río de Heráclito:

En el río de Heráclito
Un pez está ocupado pescando
Un pez mata a otro pez con un pez afilado
Un pez construye otro pez, un pez viven en otro pez
Un pez escapa de otro pez en una persecución

En el río de Heráclito
Un pez ama otro pez
Sus ojos, eso dicen, brillan como los peces del cielo
Yo nadaría a tu lado al mar que compartiríamos
O al mejor para nuestro banco

En el río de Heráclito
Un pez ha imaginado el pez de peces
Un pez se arrodilla ante el pez, un pez le canta al pez
Un pez ruega al pez para que le ayude con su vida de pez

En el río de Heráclito
Yo, el pez solitario, el pez apartado
(apartado por lo menos del pez árbol o el pez piedra),
escribo, en momentos solitarios, un pez u otro
cuyas escamas brillantes, tan efímeras,
pueden ser solamente el guiño avergonzado de la oscuridad

Gracias, Rick!

New York, Enero 23, 2010


El segundo sexo

Autor: Simone De Beauvoir

Conseguí mi copia de El segundo sexo de Simone De Beauvoir caminando por las calles de Soho en uno de los múltiples puestos de venta de libros usados.  Me costó —no miento—, un dólar; quien dijo que los libros eran el artículo de lujo más barato no mentía.
Le Deuxième Sexe —su título en francés— no es una obra cualquiera.  Quien emprenda la empresa de leerla no lo hará en una tarde o un día; si tiene tiempo y es disciplinado quizás logre acabarlo en una semana —sinceramente lo dudo.  Pero la recompensa al trabajo será enorme: después de las horas invertidas, usted, querido lector, logrará hacer una inmersión en el complejo mundo de la mujer, conocer muchos de los lugares de dónde viene, y talvez vislumbrar ciertas cosas de su coyuntura actual.
La filósofa francesa publicó su obra en 1949 cuando contaba con 41 años.  Dividió su obra en dos libros: el primero: Mitos y realidades; el segundo: La vida de la mujer de hoy.
Mitos y realidades está dividido en tres partes: Destino, en el que De Beauvoir desbarata los múltiples argumentos biológicos usados a través del tiempo para menospreciar las mujeres; Historia, donde explica cómo el hombre, desde sus inicios y excusándose en la naturaleza, asignó a las mujeres los trabajos menos trascendentales; y Mitos, donde habla de la idealización de la mujer y las consecuencias de esto en su historia.
El segundo libro, La vida de la mujer de hoy, está dividido en otras cuatro partes: Los años formativos, donde se explica la niñez, la diferencia entre niño y niña, la iniciación sexual y el lesbianismo; Situación donde se habla de la condición de la mujer casada, la madre, la vida social, las prostitutas, y la vejez; Justificaciones, la tercera parte, explica el narcisismo, la mujer enamorada, y la mujer mística o religiosa.  La intelectual francesa termina su obra cayendo un poco en la redundancia en una parte llamada Hacia la liberación, un breve ensayo sobre la mujer independiente. 
De todas las frases interesantes que De Beauvoir escribió, se escogió la siguiente, en las que la autora muestra ambos lados de la moneda en la vida de la mujer: la represión por parte de su situación y la consecuencia de someterse a ella.

Sólo el trabajo independiente puede asegurar a la mujer una genuina independencia.
La vida de casada toma diferentes formas en diferentes casos.  Pero para una gran cantidad de mujeres el día pasa en similares formas.  El esposo se va en la mañana y la mujer siente satisfacción al escuchar el sonido de la puerta detrás de él.  Ella es libre; los niños van a la escuela; ella está sola; realiza múltiples y pequeñas labores; sus manos están ocupadas, pero su mente está vacía; cualquier plan que  tenga es para su familia; ella vive sólo para ellos; el retorno de ellos al hogar es un alivio.  Su marido acostumbraba traerle flores, un pequeño regalo, ¡pero que tonto suena todo eso ahora!  Él no tiene afán alguno de llegar a casa previniendo las tan frecuentes escenas en las que ella toma su pequeña venganza por su aburrimiento y expresa su anticipada desilusión.  Y el esposo, cansado, tiene un deseo contradictorio de descanso y estimulación que ella falla en satisfacer.  La velada es monótona: lectura, radio, charlas desconectadas; todo bajo la cobertura de una intimidad.   La esposa piensa con esperanza o imaginación si alguna cosas pasará esa noche.  Ella va a dormir desilusionada, irritada, con piedad de sí misma dependiendo del caso; y es con placer que ella escucha la puerta cerrarse al  día siguiente.  El rol de la mujer es mucho más duro de soportar en casos de pobreza y dificultad; es más liviano cuando hay dinero y diversión; pero este diseño de vida —enojo, espera, desilusión— permanece en muchos casos.
Algunas avenidas de escape están abiertas a las mujeres, pero no a todas en la vida real.  En zonas rurales, especialmente, las cadenas del matrimonio son pesadas y la esposa debe acomodarse a la situación que no puede escapar.  Algunas mujeres importantes se convierten en tiranas y amargadas matronas; algunas se convierten en mujeres complacientes, masoquistas, víctimas y esclavas de su familia.  Algunas continúan con el comportamiento narcisista que muestran en su juventud, todavía haciendo y siendo nada, sintiéndose “malentendidas” en su culto melancólico hacia sí mismas, buscando refugio en sueños románticos, excusas, escenas, dramas imaginarios, flores, y ropas.
Quien escribe esta reseña ha escuchado muchas cosas acerca de este libro —la mayoría, desafortunadamente, de personas que nunca lo leyeron—: de una francesa oí que el libro ya era obsoleto; de un americano, que el libro se refería más que nada a la mujer francesa —un tipo ciego, por cierto—.  Alguien que vio en el blog que leía el texto, comentó que su lectura debería ser obligatoria para toda mujer; no entiendo por qué, querido lector, nos excluiste a los hombres.
El segundo sexo es un libro que abrirá a todos un mundo que siempre ha estado ahí, inaccesible.  Es una muleta impresionante para ayudar a entender a las madres, a las hermanas, a las amigas, y a todas aquellas con las que se tiene una relación sentimental.  La francesa explica con casos, testimonios, e investigaciones, temas tan complejos como la menstruación y la vejez, temas tan inesperados como la dicha y el significado de orinar parado y el narcisismo femenino.  Se puede decir que la autora es imparcial en todo —con excepción talvez del matrimonio, del cual se expresa con ambas, una lógica y un odio aterrador—.  Quien escribe estas letras no es un experto en feminismo, desconoce el impacto de la obra en dicho movimiento, o si habrán otras de similar magnitud.   Aun así, es personalmente una de las obras y estudios más reveladores e importantes que he leído.  Una lectura para nada aburrida y recomendada a todos.
New York, Enero 18, 2010

Narciso y Goldmundo

Autor: Hermann Hesse


Antojábasele que toda existencia se asentaba en la dualidad, en los contrastes; se era mujer u hombre, vagabundo o burgués, razonable o emotivo; en ninguna parte era posible, a la vez, inspirar y espirar, ser hombre y mujer, gozar de libertad y de orden, guiarse por el instinto y la mente; siempre había que pagar lo uno con la pérdida de lo otro y siempre era tan importante y apetecible lo uno como lo otro.


Publicada por primera vez en 1930, es para muchos —incluyendo quien escribe esta reseña— la obra cumbre del laureado Nobel alemán.  En ella Hesse lleva al paroxismo los temas que trabajó durante toda su vida: el dualismo del hombre, y la búsqueda y realización de la naturaleza humana.  La fuerte dicotomía entre lo que Hesse llama lo paterno (el intelecto) y lo materno (la vida, los sentimientos, las emociones) fueron una obsesión trabajadas en la mayoría de sus obras —de hecho, en este libro, Goldmundo corre siempre en busca de la imagen de su madre, que fue gitana y aventurera—.
La novela comienza con el encuentro en un claustro monacal de los dos personajes.  Narciso es un talentoso aprendiz, intelectualmente superior a todos en el monasterio.  Su vida es la erudición y su meta es tomar los votos y en el futuro, algún día, remplazar al abad.  Goldmundo, por el otro lado, llega al claustro traído por su padre.  Su apariencia física y su fuerte naturaleza gana el corazón de todos —incluyendo el del joven erudito—.  Aquí comienza una amistad que será el principal punto de referencia de la historia.  Narciso le hace ver a Goldmundo que él no está construido para la vida monacal; el joven monje y el beso de una mujer despiertan el hambre del muchacho por la vida y le incitan a que comience el camino.  Lo que en su trayecto encuentra es tan dulce como amargo.  Goldmundo experimenta el sexo —en abundancia—, el hambre, el vagar, asesina, conoce el amor, la peste, y se hace maestro de arte, para después botar el título y volver nuevamente a la fuente, al camino.  Al final los dos amigos se reúnen nuevamente para hacer un balance de sus propias vidas.  Un final excelente.
En tiempos recientes la literatura de Hesse ha sido rebajada a la categoría de auto-ayuda.  La construcción de sus novelas y profundidad con la que trata sus temáticas debería salvar su trabajo de dicho segmento.  Narciso y Goldmundo es, simplemente, un libro delicioso.  Un texto no solamente hermosamente redactado sino que como los mejores, no plantea respuestas, sino preguntas. Es, definitivamente, unas de las obras más brillantes, en la ya esplendorosa literatura alemana. 


Tenía, asimismo, que despedirse de sus propias manos, de sus  propios ojos, del hambre y la sed, de la comida y la bebida, del amor, de tocar el laúd, del dormir y despertad, de todo.  Mañana volaría un pájaro por el aire y ya no lo vería, cantaría una muchacha en la ventana y ya no la oiría cantar, correría el río y por él nadarían callados los peces oscuros, soplaría un viento que arrastraría por el suelo las hojas amarillas, brillaría el sol y el cielo estrellado, los mozos y mozas se encaminarían al baile, aparecerían en los montes lejanos las primeras nieves… y todo proseguiría su marcha, los árboles proyectarían sus sombras al costado, los hombres mirarían alegres o tristes con sus ojos vivos, ladrarían los perros, mugirían las vacas en los establos aldeanos, y todo eso sin él, nada de eso le pertenecería ya, a todo se vería arrancado.


New York, Enero 10, 2010

Discurso de recepción del premio Nobel de literatura - 1996

Autor: Wislawa Szymborska

Quien usualmente escribe estas reseñas comenzó a leer esta mañana una colección de poemas de la nobel polaca.  El libro, cuyo lomo aun no ha sido quebrado por el uso, abre sus páginas con el  discurso de recepción del premio Nobel.  Le bastará al lector ver que la publicación del texto en su totalidad es el mejor honor que le podemos hacer.  Luego se hará la reseña de la colección de poemas en su totalidad.  Esperamos lo disfruten.

Discurso de recepción del premio Nobel de literatura - 1996

Se dice que en un discurso lo más difícil es siempre la primera frase... Pues ya la dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía. Muy raras veces me he expresado acerca de este tema, casi nunca, y siempre con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección resulta más fácil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.

El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía incluso -o más bien principalmente- de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta -como si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los vicios propios, sobre todo si son atractivamente empacados; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas.  En los cuestionarios o en las charlas con desconocidos, cuando el poeta se ve forzado a definir su profesión, acude al término genérico "escritor'' o al de alguna otra profesión que adicionalmente ejerza.  El empleado público o los eventuales compañeros de viaje reciben con cierta perplejidad e inquietud la noticia de que están tratando con un poeta. Sospecho que los filósofos también producen semejante inquietud. No obstante, ellos se encuentran en mejor situación, ya que generalmente pueden adornar su profesión con algún grado académico. Profesor de Filosofía -ya suena mucho más respetable.


No existen profesores de poesía, lo que haría suponer que esta actividad requiere de estudios especializados, exámenes presentados en fechas precisas, disertaciones teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los diplomas recibidos con solemnidad.  Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el Premio Nobel.  A Brodsky se le clasificó como "parásito'', por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta. 

Hace unos años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de que, entre todos los poetas que he conocido, él era el único que le gustaba llamarse a sí mismo "poeta''; él pronunciaba esta palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante libertad. Pienso que se debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió en su juventud.

En países más dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero  no hacen poco o casi nada en su vida cotidiana para destacarse entre la gente.  Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.


No es accidental que continuamente se filmen películas biográficas sobre grandes científicos y artistas. La tarea de los directores más ambiciosos es mostrar en forma verosímil el proceso creativo que condujo a importantes descubrimientos científicos o a la creación de grandes obras de arte. Se puede, con aceptables resultados, mostrar el trabajo de algunos científicos: laboratorios, instrumentos diversos y aparatos puestos en marcha logran por unos momentos mantener la atención de los espectadores. Además, resultan muy dramáticas las escenas de suspenso, cuando un experimento repetido miles de veces logró dar finalmente, merced a una mínima modificación, con el resultado tan esperado. Espectaculares pueden ser las películas sobre pintores, ya que es posible reconstruir todas las fases de creación de un cuadro -desde la primera raya hasta la última pincelada. Las películas sobre los compositores se llenan con su música: desde los primeros compases, que el creador escucha en su interior, hasta la obra madura ya terminada y repartida entre varios instrumentos. Todo sigue siendo muy ingenuo y no dice nada sobre el extraño estado de ánimo que se conoce comúnmente como inspiración, pero por lo menos hay algo para ver y oír.

El peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada... ¿Qué clase de espectador podría soportar una cosa semejante?


He mencionado la inspiración. A la pregunta de qué cosa es, suponiendo que algo sea, los poetas contemporáneos responden de modo evasivo. Y no porque nunca hayan sentido los beneficios de este impulso interior, más bien se debe a otra causa: no es fácil explicar a los demás algo que ni siquiera se comprende bien.

Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general.  Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración.  A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación.  Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más.  Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez.  Sin importar los esfuerzos y fracasos, su curiosidad no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo "no sé''.

La gente así es bastante escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos. El trabajo sin amor, el trabajo que aburre, que es respetado únicamente porque no resulta accesible para todos; esto constituye una de las más penosas desgracias humanas.  Y no se vislumbra que los siglos venideros traigan un mejoramiento al respecto.


Así pues, tengo derecho a decir que aunque le estoy escamoteando a los poetas el monopolio de la inspiración, de cualquier manera los coloco en un grupo reducido de elegidos por la suerte.

En este punto pueden surgir ciertas dudas en los oyentes, si consideran que a los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto, también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero ellos sí "saben''.  Saben, y lo que saben una sola vez les basta para siempre.  Ellos no quieren saber más, puesto que eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos.  De modo que cualquier tipo de saber del que no surjan nuevas preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.

Por lo anterior, estimo altamente estas dos pequeñas palabras: "no sé''.  Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo.  Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta.  Si Isaac Newton no se hubiera dicho "no sé'', las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas.  Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho "no sé'', probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido la vida. Pero siguió repitiéndose "no sé'' y justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde ocasionalmente se otorgan los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.


También el poeta, si es genuino, tiene que repetirse perpetuamente "no sé''.  Con cada verso intenta responder su cuestión, pero en el momento en que pone el punto final, le asaltan las dudas y empieza a advertir que su respuesta es temporal y en ningún caso satisfactoria.  Entonces prueba otra vez y otra vez, y tarde o temprano los resultados consecutivos de su insatisfacción serán sujetados con un clip enorme por los historiadores literarios para denominarlos "obras''.

A veces fantaseo con situaciones inverosímiles. Me imagino, por ejemplo, en mi osadía, que tengo la oportunidad platicar con Eclesiastés, autor de un lamento estremecedor sobre la vanidad de todas las empresas humanas.  Me inclino  hondamente ante él, ya que es -por lo menos para mí- uno de los poetas más importantes.  Luego agarro su mano. "Nada hay nuevo bajo el sol'', eso es lo que has escrito, Eclesiastés.  Sin embargo, tú mismo has nacido nuevo bajo el sol.  Y el poema que has creado también es nuevo bajo el sol, ya que antes de ti nadie lo había escrito.  Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que tú no te podían leer.  Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el principio del tiempo.  Le dio origen otro ciprés, semejante al tuyo, pero no en todo igual. 


Y además te quisiera preguntar, Eclesiastés, ¿en qué otra cosa nueva bajo el sol estas planeando trabajar? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez tienes la tentación de negar algunas de ellas?  En tu poema anterior concebiste también la alegría, ¿y qué, si es pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu nuevo poema bajo el sol?  ¿Tienes ya algunos apuntes o primeros esbozos? Dudo que dirás "ya he escrito todo, no tengo nada que añadir''. Esto no lo puede decir ningún poeta, y mucho menos uno tan grande como tú.

El mundo, a pesar de cualquier cosa que podamos pensar sobre él, espantados por su inmensidad y nuestra impotencia ante él, amargados por su indiferencia frente a los sufrimientos particulares de la gente, de los animales y tal vez de las plantas -ya que ¿de dónde proviene la certeza de que las plantas están libres de sufrimientos?-; a pesar de cualquier cosa que pensemos sobre sus espacios atravesados por la radiación de las estrellas, alrededor de las cuales se empieza a descubrir algunos planetas -¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe-; a pesar de cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso, para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia es ridículamente corta, limitada por dos fechas decisivas; a pesar de no sé qué cosa más que pudiéramos pensar sobre este mundo: es asombroso.

Pero en la expresión "asombroso'' se esconde una trampa lógica. Nos causa asombro lo que sobresale de la norma conocida y comúnmente aceptada, de una obviedad a la cual estamos acostumbrados.  Pues bien, un mundo así, obvio, no existe.  Nuestro asombro es autónomo y no procede de ninguna comparación de ningún tipo.

De acuerdo, en el habla cotidiana, la cual no recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como "la vida común'', "los acontecimientos comunes''... Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube sobre esa piedra. Ningún día y ninguna noche que le suceda. Y sobre todo, ninguna existencia particular en este mundo, la de ninguna persona.



Todo indica que los poetas tendrán siempre mucho trabajo.

Wislawa Szymborska
Diciembre 7, 1996
Estocolmo, Suecia

El principito

Autor: Antoine de Saint-Exupéry


—Adiós —dijo el zorro—.  He aquí mi secreto.  Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón.  Lo esencial es invisible a los ojos.


Quien escribe esta reseña sólo conoce una persona que no ha leído El principito y no conoce ninguna que una vez terminado, no le haya amado.  El libro fue escrito por el famoso francés durante su exilio en los Estados Unidos y tuvo dos publicaciones —una en inglés en 1943 y otra en francés en 1945—; las modificaciones entre las dos son despreciables.
El principito cuenta la historia de un aviador que, varado y solitario en la mitad del desierto del Sahara, conoce un pequeño y frágil niño rubio que dice venir de otro planeta.  Durante los ocho o diez días que el aviador y el forastero comparten, toman lugar tremendas conversaciones.  Son charlas inocentes y a veces caprichosas en las cuales el niño no deja nunca de asombrar al adulto con sus simples, mayúsculas, y reveladoras experiencias.  Desde un punto de vista de un alien —entiéndase por esto no sólo un ser de otro planeta, sino también de otra realidad—, el principito comunica lo cómico y algunas veces triste de los comportamientos y prioridades de los adultos.
El principito ha sido categorizado por muchos como un libro para todas las edades —un libro eternamente joven—; otros hablan de él como una obra maestra.  La verdad es que el arte y el aspecto de este pequeño texto es tan sencillo y fuerte como su contenido: tiene menos de 100 páginas llenas de dibujos, lo cual disfraza el poderío de sus palabras y agarra al lector con las defensas abajo. 
Este libro tiene uno de los finales más tristes: el principito se despide de su amigo diciendo que lo único que le dejará será su recuerdo.  Y esto es, personalmente, lo que me encanta del libro: el francés no pinta una vida color de rosa, no pretende enseñar —a niños y adultos— una manera especial o “espiritual” de vivir.  Nos dice simplemente que el tiempo es poco y que hay que evaluar si lo estamos sabiendo utilizar.
Sologne, enero 3, 2010

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