El extranjero

Autor: Albert Camus
Para que todo fuese consumado, para que yo me sintiese menos solo, me quedaba desear que hubieran muchos espectadores el día de mi ejecución y que estos me recibieran con sus gritos de odio.
El escritor algeriano-francés publicó L’étranger en 1942, ya cuando la segunda guerra mundial mostraba sus facetas más oscuras.  El extranjero es la narración en primera persona de los últimos días de un hombre que comete un asesinato y es condenado a la pena de muerte.  El tema que va flotando a través de la narrativa es el absurdo.  Meursault —el asesino— es un tipo lacónico de palabras, con una vida sencilla, y con puntos de vista sobre la vida bastante prácticos.  El hombre es ateo, sus ambiciones no son grandes, y las situaciones en las que se ve envuelto, son casi normales.  En toda la historia, el tipo tiene un sólo error de juicio que es aquél de tomar un arma.  Ese error le cuesta la vida a él y a otra persona.  El libro tiene dos partes: la primera, en la cual Meursault muestra sus facetas, su vida, y en las que cuenta el asesinato de un hombre a quien no conoció; y la segunda, en la que el condenado hace la descripción de su proceso judicial.
La primera parte muestra a un personaje que no sabe que vive.  El personaje principal dice múltiples veces que todo le da igual; de esa manera experimenta la muerte de su madre —que no le alegra, pero tampoco le entristece pues todos algún día tenemos que morirnos—, acepta la posibilidad de casarse con alguien a quien no ama, desperdicia una oportunidad de asenso, y escribe una carta para una mujer que él no conoce de parte de un tipo que tampoco conoce.
La segunda parte, en la cual se narra la experiencia judicial, muestra el absurdo de la justicia.  Meursault se sabe culpable de su delito, lo acepta y piensa de hecho que el proceso debería ser sencillo.  El ente acusador le detesta y le juzga por el simple hecho de, antes del asesinato, haber experimentado fríamente la muerte de su madre: “Yo acuso a este hombre de haber enterrado una madre con un corazón criminal”.  El argumento no puede ser más absurdo y sin embargo pierde a nuestro hombre.  Entra entonces en escena un cura, un sacerdote que no puede entender que un hombre condenado a muerte no crea en el más allá y mucho menos en la necesidad de redimirse.  Meursault aclara que él no quiso matar a su víctima, pero que tampoco tiene mucho sentido darse golpes por el asunto.  El cura continúa indagando al acusado, casi como si no le creyese.  El condenado pierde finalmente la paciencia: “Él quería aun hablarme de Dios, pero yo le expliqué que me quedaba poco tiempo.  Yo no quería perderlo con Dios”.  El sacerdote, después de un encuentro violento con el acusado, se va dejando a Meursault pensando en el futuro que no va a tener, reconciliándose con su realidad, y dándose cuenta, en ese momento, que alguna vez estuvo vivo.  Definitivamente, El extranjero es un libro que hay que leer.
Paris, diciembre 6, 2010

José Antonio Velasco

1 comentario:

Tortuga dijo...

Siempre que entro en este blog, pienso lo mismo. Parecen gente seria y formal. Y me pregunto por qué estamos unidos por el blog... Los contrarios se atraen... Eso dicen.

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