Notre-Dame de París


 Autor: Victor Hugo
Había entre la vieja iglesia y él una simpatía instintiva tan profunda, con tantas afinidades materiales, que parecían como la tortuga y su caparazón.  Es inútil de advertir al lector de no tomar al pie de la letra las figuras que nos vemos obligados a emplear aquí para expresar ese acoplamiento singular, casi co-substancial, de un hombre y un edificio.
El nombre original de la conocida obra de Víctor Hugo es simplemente Notre-Dame de París, y no incluye, como su título en español y en otras lenguas lo indican, al jorobado.  La obra fue publicada por primera vez en 1831 de una manera incompleta, a causa —dicen muchos—, de la relación difícil entre Víctor Hugo y el dueño de la editorial.  Otros capítulos fueron anexados luego, capítulos que el autor aseguró, no cambiaban en nada la historia originalmente publicada, pero que obviamente eran importantes.
Claro que eran importantes.  La conocidísima obra de Víctor Hugo encierra en ella —y en los capítulos anexos— un gran ensayo y crítica de arquitectura.  En la primera parte del libro el francés nos describe, basado en ancianas ilustraciones, la ciudad en la época del descubrimiento, lo fino de la arquitectura gótica, y la dedicación que el ser humano le rendía a este arte.  En el capítulo “Esto mató eso” el escriba cuenta que en la antigüedad, antes de la invención de la imprenta, cada pensamiento tenía como expresión una forma arquitectónica, ya fuera ésta un edificio, un monumento, o una escultura; «la arquitectura es el gran libro de la antigüedad» dice.  El francés argumenta entonces que con la invención y comercialización de la imprenta, la arquitectura fue perdiendo sus acólitos y, así mismo, la calidad de su arte.  De la fachada de París —y la de Notre Dame— aseguró que sufrió significantes deformaciones.  Los ladrillos fueron cambiados por las palabras, dice.  Talvez Víctor Hugo estaría contento de saber que hoy en día y a través de este siglo y el pasado, el arte de construir ha tomado un nuevo impulso.
El tema de la arquitectura no sólo es tratado al principio de la obra.  Quasimodo —que viene del latín “quasi modo” o “a la manera de”— es, él mismo, un ser con una mala arquitectura,  un ser que por estar mal construido por fuera, sufre deformaciones internas.  Es simplemente delicioso —y casi increíble— sentir esa comparación escrita a través de la novela. 
La presencia de ese ser extraordinario (Quasimodo) hacía circular por toda la catedral, no sé que aire de vida.  Parecía que escapaba de él una emanación misteriosa que animaba todas las piedras de Notre Dame y hacía palpitar las entrañas de la vieja iglesia.  Basta solamente saberlo para que uno crea vivas y móviles las miles de estatuas, de galerías y de portales.  Y de hecho, la catedral parecía una criatura dócil y obediente de su mano; ella esperaba su voluntad para elevar su gran voz…

A tal punto que, para aquellos que saben que Quasimodo existió, Notre-Dame está hoy desierta, inanimada, muerta.  Uno puede sentir que hay algo que ha desaparecido.  Ese cuerpo inmenso está vacío; es un esqueleto, el espíritu la ha dejado y uno mira ahora sus restos.  Es como un cráneo que tiene aun las cavidades de los ojos, pero no una mirada.
Quasimodo es el alma de la catedral, es con él que ella adquiere valor, de la misma manera como es con el alma que el cuerpo adquiere su trascendencia.
Víctor Hugo es, talvez, uno de los escritores más lúcidos, elegantes, y entretenidos en la historia de la literatura.  El comienzo de su obra atrapa a cualquiera: un hombre de 1800 descubre tallada en una de las paredes de la inmortal catedral una palabra escrita hace trescientos años en griego antiguo; el tipo inmediatamente la descifra, quiere decir «fatalidad».  Así comienza la historia de Esmeralda, Quasimodo y Claude Frollo, una narración llena de amores imposibles cuyo final pocos conocen pues es como el Dr. Jekill de Stevenson: todos han oído del personaje, pero pocos han leído la obra.  El final, contrario a la versión de Disney y a lo que la mayoría han escuchado, es triste.
La obra se lee rápido y es, literariamente hablando, inmensa.  Hoy en día no se sabe si la catedral que se levanta en la mitad de París es famosa por ella misma, o por la novela del francés.  Uno ve que las dos obras se complementan, que los turistas la caminan tratando de encontrar en ellas vestigios de la historia escrita.  En este caso la novela no mató la catedral, todo lo contrario, la hizo más grande.
París, octubre 31, 2010

José Antonio Velasco

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