Chiquita

Autor: Antonio Orlando Rodriguez

Hace algunos años —no muchos—, antes de que el fallo del jurado del codiciado premio Planeta fuese anunciado, algo inusitado sucedió: uno de los jurados dijo que, con todo el respeto que sus compañeros de jurado merecían, él renunciaba a su cargo.  ¿La razón?  El hombre dijo que ninguna de las obras que se habían presentado merecía el prestigioso premio.
No sólo era esto un insulto para sus compañeros que ya habían elegido una novela ganadora, sino también el destape de una olla que hervía con prudencia en las bocas de varios escritores en referente a varios de los premios literarios que existen en la realidad.
De bocas de varios escribas he escuchado que estos concursos están arreglados, que son premios a opiniones complacientes a los intereses de grandes editoriales en pequeños países, que son maquinarias de mercadeo, que sólo ganan los famosos, etc.  Quien escribe esta reseña lee más clásicos y recomendaciones que cualquier otra cosa y por esa misma razón no le otorgó mayor importancia al caso.  Todo eso hasta ahora que leo Chiquita, la novela ganadora del premio Alfaguara del 2008.
Chiquita cuenta la historia de Espiridiona Cenda, una liliputiense que a finales de 1800 y principios de 1900, según el libro, conquistó Estados Unidos y Europa con sus encantos.  En la novela hay desde talismanes, hasta sectas secretas, todo eso pasando por la gallina de los huevos de oro, pescados que viajan desde Cuba para luego vivir en el Sena y amuletos que brillan para proteger a quienes los llevan.  Todo esto puede sonar bien a algunos, pero la verdad, la experiencia de la lectura fue una desilusión progresiva.  Muchas —¡durante las 500 páginas del libro!— fueron las veces en las que estuve a punto de dejar la novela en cualquier esquina, pero me abstuve sólo para saber qué era lo que había hecho que el jurado otorgara el prestigioso premio.  Llegué a la última página y no encontré la respuesta.
La novela no es mala.  Merece ser publicada y hay todo un mercado para ella: se llama el mercado infantil y adolescente.  Es ahí donde se puede contar cosas como las de la gallina de los huevos de oro sin ningún tipo de arte para convencer al lector, o donde en lugar de hablar de sexo como se debe, se usen las metáforas de llavecitas y cerraduras.  Pero como lector adulto, personalmente, me sentí estafado.  Y no por el dinero que costó el libro —repito, la novela no es mala— sino por el tiempo que perdí pudiendo leer algo para personas un poco más… adultas.  Los premios son hechos para recalcar y difundir las grandes obras literarias de nuestra época.  Dudo mucho que en algunos años la editorial pueda decir que ésta es una de ellas. 
Se le aporta al escritor que la novela está bien documentada; de hecho, lo único interesante en ella es conocer el ambiente en el que Cuba se liberó de los españoles a finales de 1800 y principios de 1900.  Pero literariamente, la obra no aporta nada, el estilo es cauto —por no decir pobre— y el autor utiliza el recurso del narrador que cuenta a quien escribe, para contar historias que no se las cree ni él. Las mismas palabras en la contraportada del libro son lacónicas.  Pienso entonces que, desafiando los modelos económicos en los cuales los premios son establecidos, las editoriales que los otorgan deberían reservarse, en algunos casos y por dignidad propia, el derecho de declarar el premio como desierto, decir que cierto año, por falta de calidad, no será otorgado.  Con todo el respeto que el señor Antonio Orlando Rodríguez se merece —escribir un libro es una actividad sumamente difícil—, mi copia de Chiquita pronto engrosará la biblioteca de algún colegio. 
New York, Agosto 19, 2010

1 comentario:

AV dijo...

El blog recibió algunas quejas de partes de escritores del género infantil/adolescente por la esta reseña. Nos disculpamos de antemano por cualquier malentendido. El hecho de que un cuento o novela pertenezca a este género no lo hace malo ni le quita crédito.

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