Calígula

Autor: Albert Camus
Hagan entrar a los culpables.  Me faltan culpables.  Y ellos los son todos.  Quiero que hagan entrar los condenados a muerte.  ¡El público, quiero tener mi público!  Jueces, testigos, acusados, ¡todos condenados por adelantado! ¡Ah!  Caesonia, voy a mostrarles lo que ellos no han visto jamás: ¡el único hombre libre de este imperio!
Según los libros de historia, Calígula —o Caius, como también era conocido—, fue emperador de Roma entre el año 37 y 41 después de Cristo.  De acuerdo a los anaqueles los dos primeros años de su reinado fueron nobles y moderados; el resto, se dice, los ejerció con crueldad y depravación.
La primera versión del Calígula de Camus apareció en 1937 cuando el Nobel no tenía aun los treinta años, pero la final no fue distribuida hasta 1944.  En 1957 y 1958 pequeñas modificaciones fueron hechas a la obra.
La pieza de teatro está dividida en cuatro actos: en el primero, se muestra la realidad de Calígula y las razones que le llevan a la crueldad que le hizo famoso; en el segundo, se muestra el juego del emperador y las crueldades a las que somete a sus súbditos.  El tercer acto muestra el desespero de todos los personajes (el victimario y las victimas).  El cuarto, como ya se espera, muestra la muerte del personaje principal.
Camus dijo alguna vez que sólo había un problema filosófico verdaderamente serio —el suicidio—, y en Calígula, el Nobel algeriano lo trata desde un punto de vista macabro, y al mismo tiempo, didáctico.
La obra comienza con los ciudadanos preocupados por la salud mental de su emperador quien viene de perder a su hermana, con quien, según la obra, tenía relaciones.  Los súbditos le hablan y le dicen que hay otros asuntos de los cuales también hay que ocuparse.  Estas palabras son la gota que derrama la copa, la tuerca que se cae dejando libre el tornillo.  El problema de fondo es la muerte.  El emperador considera injusto el fallecimiento de su hermana.  Al mismo tiempo y yendo más allá, entiende que él también va a morir y que de cierta manera, él también lo merece —¿quién no?—.  Y bajo esta premisa —la que todos somos culpables o de cierta manera condenados como trató de explicar Camus años después con su Sísifo— el gobernante quiere hacer sentir a sus súbditos la tragedia humana, el dolor, la injusticia.  Puesto que las finanzas de un gobierno son lo más importante, consumido de rabia ordena que las herencias de todos los súbditos sean puestas a nombre del estado.  Una vez establecida esta diligencia, comienza a asesinar a los súbditos al azar —porque todos son culpables—.  Tal como fue previsto, las finanzas del estado son sanadas.  Pero con esta acción él comienza a destruirlo todo, lo hace a propósito, sabiendo que con cada cosa o persona que destruye, él se destruye a sí mismo.  Calígula no es tonto, ni loco, él quiere que la gente entienda su lógica, y de hecho, algunos lo hacen.  El desenlace sólo puede ser uno: su asesinato por parte de sus súbditos —cosa que él también sabe—.
La genialidad de la obra y del algeriano se muestra en varias ocasiones, pero su paroxismo llega en la última línea.  Justo en el momento antes de morir, después de que sus súbditos le han apuñalado varias veces,  él, reconociendo su propia bajeza en las acciones de sus asesinos, les grita que él aun sigue vivo.
New York, Agosto 18, 2010

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