La guerra del fin del mundo

Autor: Mario Vargas Llosa
El mismo Teotónio, pese a que ha sido un católico apático, no puede dejar de sentir, cada tarde, con estos rezos y campanadas, una sensación curiosa, indefinible, algo que si no es la fe, es nostalgia de fe. 
¡Que gran libro!  La trama del libro es inverosímil hasta que su autor la desmenuza. Un hombre hambriento de revolución y borracho en su ideología; un militar cegado por su patriotismo; la brutalidad y fe de una masa famélica y supersticiosa que sigue a un asceta; la cegadora venganza de un celoso a quien le quitaron la esposa; el morbo de un periodista miope; una falsa casi enana confabulación política, y un líder que ve estafermo cómo todo se junta para convertirse en algo que no se puede parar.  Éstas son sólo algunas de las historias que conforman La guerra del fin del mundo, quizá, una de las mejores obras de Vargas Llosa.
Desde su comienzo el peruano nos agarra. El autor no usa una sola voz sino que utiliza los diferentes protagonistas para contar su historia. Pese a que los personajes son de diversos bandos, de múltiples matices, y frecuentemente participantes de los mismos eventos, el Nobel no se estanca. La narración tiene la misma cualidad de los eventos que cuenta: es imparable.
El escritor se mete en el Brasil; describe su pobreza, la increíble fuerza de su fe, lo extenso de su geografía y los resultados de la mixtura de políticas monárquicas, republicanas y revolucionarias. Narrativamente, no para ahí: establece no al personaje como centro de la historia, sino como su víctima: es prácticamente como si ellos estuvieran indefensos contra ella. Algunos podrían considerar que es una historia de locos y no se equivocarían si no fuera por lo comprensible de los motivos. En la novela todos se atropellan por subirse al cadalso. Son personajes humanos —¡demasiado!—, llenos de contradicciones e ironías, —aquí el autor se luce con el sarcasmo, puesto que el periodista, cuya labor es la de ver y reportar, sufre de miopía, y para empeorar, queda ciego en el perihelio de la batalla—. Mientras Vargas Llosa cuenta los resultados del odio que carcome a cada uno de sus personajes, narra también su necesidad del enemigo, del miedo a la soledad, del querer estar acompañado así sea de quien más se desprecia.
Aunque el tiempo en que La guerra del fin del mundo se desarrolla es pasado —quizás en los cincuentas o sesentas— la novela permanece actual; es una historia de guerra donde la ignorancia juega su papel crucial, el patriotismo la parte sobrante, y los intereses políticos, la mecha que ocasiona la explosión. Loca e incoherente como todas las guerras, el escritor peruano nos recuerda que fácilmente pueden volver a ocurrir. No es el fin del mundo, pero es como si lo fuera.
New York, Junio 25, 2009

La rebelión de Atlas - Atlas Shrugged

Autor: Ayn Rand

La historia tiene lugar en los años cuarenta o cincuenta con foco en la ciudad de Nueva York. El personaje principal es una mujer capaz que maneja la parte operativa de una gran corporación de transporte ferroviario. A la cabeza de la misma empresa está su hermano, un hombre que llegó a su puesto aparentando, moviendo conexiones, e ingeniando estrategias políticas. El tipo, tratando de pagar favores a quienes le ayudaron a obtener su status, empieza a tomar decisiones que van contra la lógica del negocio y que ponen en aprietos no sólo a la protagonista, sino al país entero. Bandos se forman, y una pelea a muerte comienza entre aquellos que piensan coherentemente y los políticos —u otros disparatados personajes que la autora crea— para poner todo en un contexto de blanco y negro.
Es aquí donde el beneficio de la duda es dado a la célebre filosofa. La  estructura de la novela —la de dos bandos opuestos y sin intermedios— es desarrollada con el objetivo de recalcar los comportamientos de los cuales su autora despotrica. La trama se desarrolla rápidamente y es entretenida. Las casi mil doscientas páginas —con la excepción de las últimas doscientas— se van en un santiamén.
En cuanto a los personajes, el libro comienza con una nota por parte de la autora diciendo que la creación y publicación del texto es la prueba fehaciente que ese tipo de personajes existen.  Esto no puede ni negarse ni afirmarse, pues, desafortunadamente, los personajes son bastante planos —gente con una meta y nada más—. No conocen la mediocridad, la pereza, son apuestos y sin defectos. Con estas características, triunfar viene siendo lo mínimo que se les puede pedir.
En cuestiones de filosofía, en los Estados Unidos se dice que Atlas Shrugged es uno de los libros fuertes del partido republicano. Esto tampoco quiere decir nada pues todas las iglesias terminan traicionando sus biblias.  El partido del elefante no es la excepción y a Ayn Rand se le puede acusar de todo, menos de predicar las cosas que se ven con frecuencia en la política. Ayn Rand desprecia la palabra “espiritual”, la culpa, los perezosos, y las excusas.  Su filosofía, que es casi utópica, consiste en el individualismo, en la búsqueda de la satisfacción personal, y en el valor del ser humano basado en su trabajo y en lo que hace.  Suena feo, pero debe analizarse pues algo puede tener de cierto. Como todo en exceso es malo, al final la protagonista termina matando a un tipo por la simple razón de estar en su camino y medio confundido. En su novela Ayn Rand deja que “los malos” se apoderen y destruyan el mundo sólo para probar su punto —como si este mundo no fuese demasiado pequeño y el ser humano pudiese darse semejante lujo sólo por ganar un argumento—. Ya se dijo: el libro carece de personajes medios, en su realidad establece que todos son buenos o malos, la gente nace, no se hace, y en ningún lugar hace referencia al punto de la educación. Aquí nuevamente se le da el beneficio de la duda a la autora imaginando que tal vez ella, que definitivamente era una persona inteligente, debió haber ilustrado esto en otras obras.
El libro debe leerse. La autora argumenta bien sus ideologías y da pie para entender y retar realidades actuales. Muchos pueden no gustar del texto y sus pronunciamientos, pero hasta ahora, ha podido sobrevivir más de sesenta años, cualidad que muchos escritores e intelectuales quisieran ostentar.
New York, Junio 14, 2009

José Antonio Velasco

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