The girl with the dragon tattoo... y las malas traducciones.


Autor: Stieg Larsson
Traducción: Martín Lexell y Juan José Ortega Román

Este libro me fue dado por un amigo que es casi como mi hermano, y de no haber sido porque su dedicatoria en la primera página fue conmovedora, el texto hubiera parado en la basura después de las primeras páginas. Lo peor es que es difícil saber por qué. No sé sabe si el libro es malo en sí o lo es la traducción. 
Durante un poco más de seiscientas páginas quien escribe tuvo que imaginarse que las personas que vivían en la Europa nórdica y sufrían la enredadora trama del libro, eran españolas. En los diálogos abundaban el “tío”, “jilipollas”, “la pega”, “vale” y otro sin fin de expresiones ibéricas, que hicieron del texto una significante tortura. Que no se diga que el acento español no es delicioso, pero en la literatura la cosa es de otro calibre. Un latino cualquiera no podrá cuestionar en lo más mínimo el conocimiento del Danés de los traductores, pero en lo que respecta al español, al conocimiento de ese idioma —que es de todos y que se habla creativamente y sin sacrificar su calidad en varios países—, cabe decir que deja mucho que desear.  
Sí, las palabras “tío”, “jilipollas”, “pega”, “vale”, etc. son palabras y expresiones del idioma español, pero sólo pertenecen a la jerga habitual del Castellano de España —perdón la redundancia—, y sólo así deben usarse. ¿Se imaginan ustedes leyendo a Wilde, a Wolfe, y a Conrad hablando de “tío”? O para no ir más lejos ¿a Hemingway? ¡Gracias a dios, Cortazar dejó a un Poe neutro! No se escaparon de las garras de los traductores españoles el escritor israelí Amos Oz —uno de los autores más impresionantes de los últimos años— cuya traducción en inglés saca lágrimas de la emoción y en español produce arcadas. Como se sentirían los gringos si traduciendo a Faulkner un traductor puertorriqueño usase “la guagua”, o los colombianos usaran la expresión “mamado”, o un traductor venezolano usase el “arrecho”. Todos estos términos están en el diccionario de la real academia y no tiene nada de malo usarlos siempre y cuando se use en un ámbito apropiado. En fin. El autor está muerto y al parecer ni a la editorial ni a la familia le importa conservar intacto el arte del difunto. Lamentablemente, así, poco a poco, vamos disminuyendo la calidad de lo que nos llega, con estas licencias los que pierden son las futuras generaciones y solo por eso es la queja.
Respecto al texto, la historia atrapa, pero es mala. Es la trama de un periodista que, después de haber sido riguroso, por inexplicables motivos deja de serlo y queda atrapado en una trampa judicial. El tipo es suspendido de sus actividades periodísticas y contratado para solucionar un crimen que nadie ha podido resolver en mucho tiempo. El resultado es predecible y quien le ayuda es la joven del tatuaje del dragón. El libro agarra —lo cual debe respetarse—, pero es como una de esas películas de acción que se ven porque no hay nada más que ver.  Al final, el lector terminará entretenido, pero con la seria sospecha de haber perdido el tiempo.
New York, Septiembre 21, 2009

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