En busca del tiempo perdido: Sodoma y Gomorra

Autor: Marcel Proust
No es que yo te admire menos que la banda de perros hambrientos con los que estaba invitado.  Pero yo te admiro porque te comprendo, y ellos te admiran sin comprenderte.
De Proust hay hasta especialistas, o sea que esta reseña se ahogará en las mareas de estudios sobre En busca del tiempo perdido.  En Sodoma y Gomorra —lo mismo que en sus tres libros anteriores—, el francés hace varias reflexiones sobre las relaciones interpersonales.  El tomo comienza descubriendo la homosexualidad entre dos personajes —Monsieur de Charlus, un hombre con uno de los apellidos más prominentes de la época en Francia, y el violinista Morel, un descendiente de un mayordomo de Proust—. Después de mucho contar y deambular sobre la relación de los dos hombres, el francés termina enfocándose en su propia historia con una amiga de vieja data —Albertina—, casi haciendo un paralelo de cómo los seres humanos sufren igual independiente de su orientación sexual.
El libro es largo, a veces lento —hay una conversación que prácticamente conforma un 25% del libro—, pero no por eso sufrido. Dicen que Proust es como el whisky: un gusto adquirido. Varios amigos y conocidos que han intentado leerlo reclaman que son incapaces, que comienzan a retorcerse en la cama o en el asiento, puesto que algunas de las descripciones son exhaustivas. Tal vez tengan razón, pero la narración del francés, tratando de sacarla de cualquier complejo contexto literario, es, al parecer de quien escribe esta reseña, dulce. Se notan las horas que pasó en su mesa puliendo las frases y la casi inacabable reflexión sobre lo escrito. Su capacidad de observación —o mejor dicho, su capacidad para documentar lo que observaba— es algo que raras veces se ve con tanta calidad.  Él tuvo paciencia, y a lo mejor pensó que aquél que decidiera leer su obra también debería tenerla. La recompensa es grande.
En cuanto a los tres libros anteriores, debe aclararse que Proust nunca dice que es él de quien se trata la historia, aunque tampoco hace mucho por ocultarlo. Es un joven inocente, tímido, enfermo, soñador, nostálgico, enamoradizo y frecuentador —no especifica cuánto— de prostíbulos. Su narración es larga en la construcción de sus frases —algunas páginas son una sola—, y refleja la inocencia con la que ve el mundo. Proust describe con detalle las conversaciones, los gestos de quienes las representan, y las fachadas de la sociedad de ese tiempo. Eso es quizás el mayor logro del autor: una fiel reproducción de la Francia de principio de siglo pasado. El teléfono y el automóvil son los más recientes descubrimientos tecnológicos. Saber quién atiende las reuniones es obligatorio, pues cada persona debe tener cuidado de al lado de quien se sienta. Las palabras en las conversaciones son medidas; si alguien dice algo indebido, el autor cuenta como la persona se da contra las paredes por la imprudencia. El caso Dreyfuss (una injusta acusación de espía alemán a un judío del ejercito francés que polarizó a Francia en la última década de 1800) forma parte del ambiente del tercer y cuarto volumen, y sirve para mostrar la intolerancia predominante en la Francia de ese tiempo. El escritor ilustra una época —aun bastante frecuente en algunas partes del mundo— en las cuales la sociedad obliga a hombres y mujeres a actuar como niños: buscando con desespero la aceptación de los demás y vivir bajo el yugo del “qué dirán”.
La gente que lee el libro se preguntará cuál es entonces la grandeza de Proust si sus libros no son un río de aventura, si no corren a la velocidad de la luz, o hablan de cosas de un nivel medianamente interesante (porque las conversaciones a las que nos vemos sometidos en varias partes de sus libros no son interesantes mas que desde el punto de vista antropológico y en este libro en particular, etimológico); la respuesta es que no todas nuestras vidas son interesantes (por lo menos no durante la totalidad de su trayecto) y que si alguien, en serio y con sinceridad, quisiera meterse en semejante proyecto —describir los ambientes en los que se mueve, transcribir conversaciones, reflejar los comportamientos de la alta o la baja alcurnia—, tendría que hacerlo de una manera similar. Lo bonito de Proust no es sólo su estilo, es también su paciencia, el ojo casi clínico, y la dedicación de haber retratado las conversaciones, los gestos, y los comportamientos a veces tan patéticos de las sociedades en las que crecemos.
New York, Julio 5, 2009

2 comentarios:

Santiago Jimenez dijo...

Esta muy bacano el blog toñito, voy aprendiendo de tu bagaje literario. Hace poquito me lei Siddhartha de H. hesse, me gustaria saber tu opinion de este autor. Tambien he estado leyendo a Alan Watts, no se si lo conozcas. Mi gusto literario ha sido más filosofico y cientifico asi que es bacano leer algo acerca de otros generos.

Antonio Velasco dijo...

Mi Santi, soy super fanático de H.Hesse! El escribió uno de los libros que mas me ha influenciado: Narciso y Goldmundo. La verdad Sidharta es bueno —y es el más popular—, pero el tipo tiene otros libros —yo leí creo que toda su obra—, a mi parecer, mejores. Recomendadísimo Narciso y Goldmundo, y obviamente, El lobo Estepario. Fue un tipo inmenso! A Alan Watts no lo conozco, pero lo agregaré a la lista.

Un abrazo, mi Santi!

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